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Reflexiones de un internacionalista sobre la pandemia./3. El espacio: sobre lo individual y lo colectivo en tiempo de coronavirus, por Javier Roldán Barbero

junio 18, 2020

Nota: Esta es la tercera de una serie de “Reflexiones de un internacionalista en tiempos de pandemia” del profesor Javier Roldán Barbero, publicadas en seis entregas: (1) sobre la verdad y las mentiras en tiempos de coronavirus; (2) el tiempo y la Covid-19; (3) el espacio: sobre lo individual y lo colectivo en tiempo de coronavirus; (4) los derechos individuales y los derechos (y obligaciones) estatales; (5) ¡Europa, Europa!; y (6) la cacofonía del nuevo mundo.

Por Javier Roldán Barbero
Catedrático de Derecho internacional público y Relaciones internacionales, Universidad de Granada (jroldanb@ugr.es).

Estos tiempos atribulados han sido una prueba de estrés para particulares e instituciones. Ha habido un estado de emergencia y de alarma para instancias privadas y públicas; una crisis existencial generalizada. La felicidad pública y la felicidad privada están interrelacionadas. La falta de público impide o menoscaba innumerables actividades privadas. Lo global y lo local se han entremezclado más que nunca: lo “glocal” ha cobrado toda su razón de ser. La Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dijo que la solución a la pandemia (pero también su complicación, añadiría yo) depende de cada uno de nosotros. Los héroes (que se han jugado y a veces perdido sus vidas por salvar otras) y villanos (que trapichean con el mal ajeno) han cambiado. Se piensa más en el contraste entre la tierra vacía y la tierra hacinada (con megalópolis muy víricas y refugios naturales preservados). Un aislamiento y una distancia social para seres humanos y Estados, un desconfinamiento físico y mental. El estado de ánimo ha renqueado y también el Estado de Derecho. En todos los estratos se ha puesto de relieve nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad. En el ámbito colectivo algunos alientan el nacionalpopulismo, el unilateralismo. Sin embargo, es más sensato creer en un egoísmo de manada que nos lleve a practicar -como el gran gurú Yuval Harari postula- la cooperación internacional e interpersonal, a advertir la interdependencia, la insoslayable globalización, amaestrándola, a rehuir el solipsismo estatal, el tribalismo social. La crisis ha sido global, pero asimétrica, y ha tenido respuestas básicamente asimétricas también; pero la reconstrucción ha de ser colectiva, ya digo más por egoísmo inteligente que por puro altruismo. Hacen falta pactos de Estado y pactos de comunidad internacional. La responsabilidad es común, aunque diferenciada. El aislamiento individual, hogareño, puede tener una vertiente creativa, ventajosa, pero cómo no empatizar más ahora con el enclaustramiento injusto y forzado de tantas personas a lo largo de los tiempos (Nelson Mandela, Ana Frank, Ortega Lara y tantos anónimos); el aislamiento nacional, en cambio, solo puede ser pernicioso. Hablaremos, más adelante, en este clinic del fenómeno estatal ante la covid-19.

Ahora hay que pensar en el ser humano enmarcado en una era ya bautizada como la del Antropoceno. Esta pandemia ha acentuado una cierta misantropía, pues el hombre sería el causante primero y último de este estado de cosas, un ser dañino e invasivo, inducido por una relación conflictiva y hostil con el ecosistema. Este ecosistema tomaría la revancha, su némesis, que nos recuerda que hemos de preservar la Naturaleza,  recuperarla como parte de la salvación humana. El aire se ha hecho protagonista: el aire puro recuperado con el confinamiento; la falta de aire que ha atormentado a las víctimas de la enfermedad; la falta de respiración que acabó criminalmente con la vida del ciudadano negro George Floyd en Minneapolis, suceso que se ha hecho también viral, confirmando que la americanización de los fenómenos rima con la globalización.

Y esta crisis ha disparado la sociedad digital, como escenario paralelo, y hasta preponderante, en sustitución de la sociedad física y presencial. Han sido tiempos sedentarios, hemos padecido una crisis de movilidad en nuestro hábitat, en y entre nuestros Estados. Tras muchos viajes alrededor de la habitación (como tituló Xavier de Maistre su experiencia vital a fines del siglo XVIII), ahora vuelve el paseo, reivindicado bellamente por Robert Walser en su opúsculo ya centenario. No podemos vivir al margen de la Naturaleza ni de los demás. El derecho internacional –como la vida tout court– ha de ser una labor coral. Más que el amor propio, hay que postular el afecto, la efusividad, tan restringida ahora, tan telemática. Una existencia onlife, no online. Una conectividad más física y menos virtual.

(¡Y qué decir de la “universidad”, entendida como paradigma del saber universal! Pues que mantenga su docencia presencial, su interacción humana, su predominio público y no devenga en “localidad” ni en “unifalsedad”).

La digitalización que esta pandemia ha acentuado, y que está aquí para quedarse, plantea los problemas de la e-governance, su régimen político, con su propia brecha entre personas y países, que discurre paralelamente a la gobernanza mundial, con hechos diferenciales claros como el oligopolio de tecnológicas que domina este “sexto continente” o las tendencias y querencias autoritarias y fragmentarias que ganan terreno en el mundo virtual con un posible “ciberleviatán” (José María Lassalle) y con la mengua de los derechos individuales. Precisamente, la pandemia ha revalorizado la ciberseguridad en detrimento de las libertades. Según esta tesis, los países asiáticos, con más obediencia y menos melindres a la hora de vigilar la vida de sus ciudadanos, podrían haber sido más eficaces que las democracias occidentales en el trazado, en el rastreo del virus. El dataísmo es, a la vez, una enfermedad y un tesoro en sí mismo en el siglo XXI. Este estado de cosas hace evocar dos conceptos orwellianos: el Gran hermano y el Ministerio de la verdad.

Lo público y lo privado, por tanto, coexisten, congeniando o rivalizando, en la Red. El enfrentamiento entre Donald Trump y Twitter –ejemplares ambos en alguna medida del achicamiento y la ligereza del saber contemporáneo- sobre los márgenes de la libertad de expresión, y de lanzar infundios, pone de relieve la tensión entre operadores privados y públicos en un espacio cada vez más codiciado y más huérfano y necesitado de regulación global.

Lo público y lo privado, por lo demás, se han entremezclado en este periodo en otras numerosas vertientes: la búsqueda de la vacuna y del tratamiento, el tamaño y la gestión del sector sanitario, la misma aportación financiera a la Organización Mundial de la Salud…

Por lo demás, una de las características de la “economía de guerra” que se perfila es un mayor intervencionismo del Estado, con programas de ayuda y rescate a empresas –sobre todo “campeonas nacionales” como Lufthansa o Renault-, de modo que el libre mercado y la libre competencia se ven embridados y el déficit y la deuda públicos, el tamaño del Estado, incrementados. Las mismas organizaciones internacionales, como el FMI y la UE, feroces austeritarias con motivo de la Gran Recesión, ahora se han tornado, felizmente, keynesianas, permitiendo una mayor inyección económica. El Estado rescatará a numerosas empresas “too big to fall”, garantizará la provisión de bienes públicos frente a la dependencia exterior, la asistencia social habrá de multiplicarse para preservar la paz pública, la pulsión proteccionista miope se agudizará, en detrimento del crecimiento económico general…, y numerosos Estados estarán siendo rescatados a su vez por el FMI y otros organismos internacionales. No será coser y cantar, desde luego, volver al “business as usual”, el restablecimiento de la seguridad económica anterior, en estrecho equilibrio con otras facetas de la seguridad: la sanitaria, la ecológica, la energética, la militar, la cibernética…

Estas reflexiones nos conducen hacia la siguiente entrega de esta saga: los derechos del individuo y los derechos (y obligaciones) del Estado.