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Covid-19 y derecho internacional/7. Globalización vs soberanía estratégica.

mayo 18, 2020

El impacto de la crisis del coronavirus en la globalización es brutal. Es normal, en consecuencia, que surja la pregunta: ¿acabará el virus con la globalización? El sistema de normas que rige el comercio internacional estaba tocado desde meses antes de la aparición del virus por la proliferación de medidas proteccionistas, las guerras comerciales y, especialmente, por la decisión de Estados Unidos de América de no permitir la renovación de los miembros del Órgano de Apelaciones de la OMC, cuyo sistema de solución de diferencias tuvo que dejar de operar efectivamente a partir del 10 de diciembre de 2019. Sin embargo, los confinamientos y el cierre de las fronteras de los Estados representan un reto de otra naturaleza, que radica en su inmenso alcance. En efecto, además de su dimensión social y personal, las medidas adoptadas por los Estados para proteger la salud pública del coronavirus afectan a todos los ámbitos económicos: el turismo, la aviación, las cadenas de valor de la economía global, la educación superior… ponga usted el nombre de la actividad económica que le venga a la mente.

Las esquelas de la globalización se han comenzado a escribir. Filósofos políticos, como John Gray, proclaman el fin de la “era del apogeo de la globalización”:

Un sistema económico basado en la producción a escala mundial y en largas cadenas de abastecimiento se está transformando en otro menos interconectado, y un modo de vida impulsado por la movilidad incesante tiembla y se detiene. Nuestra vida va a estar más limitada físicamente y a ser más virtual que antes. Está naciendo un mundo más fragmentado, que, en cierto modo, puede ser más resiliente.

Esas tendencias son evidentes. Sin embargo, es pronto para tener certezas sobre qué tipo de orden global tendremos cuando salgamos de esta crisis sanitaria; ni siquiera sabemos exactamente el significado del fin de la pandemia. Por eso mismo es tan oportuna la aproximación de Nicholas Lamp y Anthea Roberts, quienes ante la pregunta de si el virus está matando a la globalización, sostienen que no hay una única respuesta, sino muchas narrativas que luchan por avanzar sus versiones de la realidad global frente a la crisis del coronavirus. Entre estas aproximaciones hay narrativas globalistas (una oportunidad para mejorar la cooperación mundial frente a un virus global), climáticas (necesidad de decrecimiento y reconversión de la economía mundial), securitarias (las políticas contra el virus son una cuestión de seguridad nacional), democráticas (los regímenes autoritarios son peores para enfrentarse a la crisis), autoritarias (los regímenes democráticos están en desventaja para establecer las medidas necesarias para luchar contra el virus), conservadoras (la pandemia es una evidencia más de la necesidad de contener la inmigración y el flujo de personas), progresistas (la pandemia muestra la necesidad de establecer una protección sanitaria universal y un ingreso básico universal).

Con la prudencia necesaria sobre el futuro del modelo de globalización, se puede ya asegurar que esta crisis, y los cambios que se venían produciendo antes de la pandemia, anuncian transformaciones profundas en la forma de organización económica de los Estados. Se habla incluso de una nueva forma de soberanía, la soberanía estratégica, cuyos contornos están poco definidos. En el centro de esta idea habría una nueva concepción de la soberanía como poder y responsabilidad, que se traduce en una preocupación primordial por la protección por parte del Estado de sus propios ciudadanos y sus bienes esenciales –como los productos alimenticios, farmacéuticos y tecnológicos–, con énfasis en la idea de resiliencia.

Un mundo fragmentado en soberanías estratégicas se antoja incompatible con la hiperglobalización. No obstante, el resultado del proceso no está escrito. Podría ser un mundo de Estados mucho más aislados, con regímenes normativos excluyentes, probablemente más duro para los Estados débiles y más caro para los poderosos. O bien podría resultar en una globalización diferente a la actual, más limitada en sus formas y contenidos, con objetivos distintos, que ponga énfasis en la regulación de bienes globales comunes sometidos a una cooperación internacional fuerte y genuina.

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