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Nota: Esta es la tercera de una serie de “Reflexiones de un internacionalista en tiempos de pandemia” del profesor Javier Roldán Barbero, publicadas en seis entregas: (1) sobre la verdad y las mentiras en tiempos de coronavirus; (2) el tiempo y la Covid-19; (3) el espacio: sobre lo individual y lo colectivo en tiempo de coronavirus; (4) los derechos individuales y los derechos (y obligaciones) estatales; (5) ¡Europa, Europa!; y (6) la cacofonía del nuevo mundo.

Por Javier Roldán Barbero
Catedrático de Derecho internacional público y Relaciones internacionales, Universidad de Granada (jroldanb@ugr.es).

Estos tiempos atribulados han sido una prueba de estrés para particulares e instituciones. Ha habido un estado de emergencia y de alarma para instancias privadas y públicas; una crisis existencial generalizada. La felicidad pública y la felicidad privada están interrelacionadas. La falta de público impide o menoscaba innumerables actividades privadas. Lo global y lo local se han entremezclado más que nunca: lo “glocal” ha cobrado toda su razón de ser. La Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dijo que la solución a la pandemia (pero también su complicación, añadiría yo) depende de cada uno de nosotros. Los héroes (que se han jugado y a veces perdido sus vidas por salvar otras) y villanos (que trapichean con el mal ajeno) han cambiado. Se piensa más en el contraste entre la tierra vacía y la tierra hacinada (con megalópolis muy víricas y refugios naturales preservados). Un aislamiento y una distancia social para seres humanos y Estados, un desconfinamiento físico y mental. El estado de ánimo ha renqueado y también el Estado de Derecho. En todos los estratos se ha puesto de relieve nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad. En el ámbito colectivo algunos alientan el nacionalpopulismo, el unilateralismo. Sin embargo, es más sensato creer en un egoísmo de manada que nos lleve a practicar -como el gran gurú Yuval Harari postula- la cooperación internacional e interpersonal, a advertir la interdependencia, la insoslayable globalización, amaestrándola, a rehuir el solipsismo estatal, el tribalismo social. La crisis ha sido global, pero asimétrica, y ha tenido respuestas básicamente asimétricas también; pero la reconstrucción ha de ser colectiva, ya digo más por egoísmo inteligente que por puro altruismo. Hacen falta pactos de Estado y pactos de comunidad internacional. La responsabilidad es común, aunque diferenciada. El aislamiento individual, hogareño, puede tener una vertiente creativa, ventajosa, pero cómo no empatizar más ahora con el enclaustramiento injusto y forzado de tantas personas a lo largo de los tiempos (Nelson Mandela, Ana Frank, Ortega Lara y tantos anónimos); el aislamiento nacional, en cambio, solo puede ser pernicioso. Hablaremos, más adelante, en este clinic del fenómeno estatal ante la covid-19.

Ahora hay que pensar en el ser humano enmarcado en una era ya bautizada como la del Antropoceno. Esta pandemia ha acentuado una cierta misantropía, pues el hombre sería el causante primero y último de este estado de cosas, un ser dañino e invasivo, inducido por una relación conflictiva y hostil con el ecosistema. Este ecosistema tomaría la revancha, su némesis, que nos recuerda que hemos de preservar la Naturaleza,  recuperarla como parte de la salvación humana. El aire se ha hecho protagonista: el aire puro recuperado con el confinamiento; la falta de aire que ha atormentado a las víctimas de la enfermedad; la falta de respiración que acabó criminalmente con la vida del ciudadano negro George Floyd en Minneapolis, suceso que se ha hecho también viral, confirmando que la americanización de los fenómenos rima con la globalización.

Y esta crisis ha disparado la sociedad digital, como escenario paralelo, y hasta preponderante, en sustitución de la sociedad física y presencial. Han sido tiempos sedentarios, hemos padecido una crisis de movilidad en nuestro hábitat, en y entre nuestros Estados. Tras muchos viajes alrededor de la habitación (como tituló Xavier de Maistre su experiencia vital a fines del siglo XVIII), ahora vuelve el paseo, reivindicado bellamente por Robert Walser en su opúsculo ya centenario. No podemos vivir al margen de la Naturaleza ni de los demás. El derecho internacional –como la vida tout court– ha de ser una labor coral. Más que el amor propio, hay que postular el afecto, la efusividad, tan restringida ahora, tan telemática. Una existencia onlife, no online. Una conectividad más física y menos virtual.

(¡Y qué decir de la “universidad”, entendida como paradigma del saber universal! Pues que mantenga su docencia presencial, su interacción humana, su predominio público y no devenga en “localidad” ni en “unifalsedad”).

La digitalización que esta pandemia ha acentuado, y que está aquí para quedarse, plantea los problemas de la e-governance, su régimen político, con su propia brecha entre personas y países, que discurre paralelamente a la gobernanza mundial, con hechos diferenciales claros como el oligopolio de tecnológicas que domina este “sexto continente” o las tendencias y querencias autoritarias y fragmentarias que ganan terreno en el mundo virtual con un posible “ciberleviatán” (José María Lassalle) y con la mengua de los derechos individuales. Precisamente, la pandemia ha revalorizado la ciberseguridad en detrimento de las libertades. Según esta tesis, los países asiáticos, con más obediencia y menos melindres a la hora de vigilar la vida de sus ciudadanos, podrían haber sido más eficaces que las democracias occidentales en el trazado, en el rastreo del virus. El dataísmo es, a la vez, una enfermedad y un tesoro en sí mismo en el siglo XXI. Este estado de cosas hace evocar dos conceptos orwellianos: el Gran hermano y el Ministerio de la verdad.

Lo público y lo privado, por tanto, coexisten, congeniando o rivalizando, en la Red. El enfrentamiento entre Donald Trump y Twitter –ejemplares ambos en alguna medida del achicamiento y la ligereza del saber contemporáneo- sobre los márgenes de la libertad de expresión, y de lanzar infundios, pone de relieve la tensión entre operadores privados y públicos en un espacio cada vez más codiciado y más huérfano y necesitado de regulación global.

Lo público y lo privado, por lo demás, se han entremezclado en este periodo en otras numerosas vertientes: la búsqueda de la vacuna y del tratamiento, el tamaño y la gestión del sector sanitario, la misma aportación financiera a la Organización Mundial de la Salud…

Por lo demás, una de las características de la “economía de guerra” que se perfila es un mayor intervencionismo del Estado, con programas de ayuda y rescate a empresas –sobre todo “campeonas nacionales” como Lufthansa o Renault-, de modo que el libre mercado y la libre competencia se ven embridados y el déficit y la deuda públicos, el tamaño del Estado, incrementados. Las mismas organizaciones internacionales, como el FMI y la UE, feroces austeritarias con motivo de la Gran Recesión, ahora se han tornado, felizmente, keynesianas, permitiendo una mayor inyección económica. El Estado rescatará a numerosas empresas “too big to fall”, garantizará la provisión de bienes públicos frente a la dependencia exterior, la asistencia social habrá de multiplicarse para preservar la paz pública, la pulsión proteccionista miope se agudizará, en detrimento del crecimiento económico general…, y numerosos Estados estarán siendo rescatados a su vez por el FMI y otros organismos internacionales. No será coser y cantar, desde luego, volver al “business as usual”, el restablecimiento de la seguridad económica anterior, en estrecho equilibrio con otras facetas de la seguridad: la sanitaria, la ecológica, la energética, la militar, la cibernética…

Estas reflexiones nos conducen hacia la siguiente entrega de esta saga: los derechos del individuo y los derechos (y obligaciones) del Estado.

Por Ignacio G. Perotti Pinciroli (Candidato a doctor UAM)

Estimadas amigas y amigos: en el marco de mi tesis doctoral y del Máster en Investigación Jurídica –ambos en la Universidad Autónoma de Madrid–, me encuentro investigando acerca del control de convencionalidad en el Derecho español. Para ello, he realizado un breve cuestionario totalmente anónimo, que no les llevará más de 5 minutos y que me permitirá obtener información muy valiosa para efectuar un análisis empírico sobre la temática.

Agradecería enormemente si, además de completarlo, pudieran ayudarme a hacerlo circular entre sus conocidos/as juristas. El único requisito –además de ser graduado/a o licenciado/a en Derecho– es que hayan completado parcial o totalmente sus estudios en España.

Para ingresar al cuestionario, pinchar aquí.

¡Muchas gracias por su colaboración!

Xavier Pons Rafols
Catedrático de Derecho Internacional Público de la Universidad de Barcelona (xpons@ub.edu)

El 31 de diciembre de 2019, la OMS conoció por primera vez casos de neumonía de etiología desconocida en la ciudad de Wuhan, en la provincia china de Hubei. Como es sabido, desde entonces, el virus se ha extendido por todo el mundo y prácticamente no hay país o territorio que no haya sido afectado. Con la información facilitada por las autoridades chinas y la misión de la OMS en China que visitó Wuhan el 20 y el 21 de enero, así como con los datos y la información disponible sobre la situación tanto en China como en Japón, Corea y Tailandia, el Director General convocó, el 22 y el 23 de enero de 2020, un Comité de Emergencia del Reglamento Sanitario Internacional (RSI) (Reglamento adoptado por la OMS en su versión revisada de 2005 y en vigor desde el 15 de junio de 2007), acerca del brote provocado por el nuevo coronavirus. El Comité, competente para asesorar al Director General según establece el artículo 12 del RSI, consideró en ese momento, con diferentes puntos de vista entre sus miembros, que el evento no constituía una emergencia de salud pública de importancia internacional (ESPII o PHEIC por sus siglas en inglés). En la reunión del Comité se reconoció que China había hecho esfuerzos para investigar y contener el brote epidémico -que, en aquel momento, sólo tenía 557 casos confirmados en China y algunos más exportados a Corea, Japón, Tailandia y Singapur- y que era demasiado pronto para declarar una ESPII. Sin embargo, no se hizo público un análisis pormenorizado con datos epidemiológicos que justificaran este asesoramiento (aquí). El problema de fondo es doble y ya se había suscitado en ocasiones anteriores: de un lado, la naturaleza estrictamente binaria del procedimiento previsto en el RSI, en el sentido de si hay o no hay ESPII, sin graduación de niveles de alerta; y, de otro lado, la poca transparencia por parte del Comité de Emergencias de su proceso de toma de decisiones.

En todo caso, el mismo Comité, expresando así su preocupación sobre el brote epidémico, aconsejó que fuera de nuevo convocado en un plazo máximo de diez días para reexaminar el tema. De hecho, atendiendo a la rápida evolución de la situación en relación con el brote, el Director General -después de visitar oficialmente China- volvió a convocar al Comité de Emergencia el 30 de enero de 2020, y en esa ocasión el Comité convino en que para entonces el brote había cumplido los criterios para declarar una ESPII, así lo aconsejó (aquí) y así lo declaró el Director General. En cualquier caso, tampoco se formulaba por parte del Comité un detenido análisis del cumplimiento de estos criterios, lo que dificulta también la evaluación a posteriori.

Una vez declarada la ESPII, la OMS formuló, de conformidad con el RSI y con el consejo del Comité de Emergencias, recomendaciones provisionales en las que, aunque se sugería prudencia, se desaconsejaba la aplicación de restricciones a los viajes o al comercio, sobre la base de la información disponible en ese momento. Algo que refuerza el planteamiento ya indicado -y que está recogido en el artículo 2 del RSI- de que tan importante es la respuesta de salud pública para prevenir, proteger y controlar la propagación de una enfermedad como evitar interferencias en el tráfico y en el comercio internacional. Lo que quiero subrayar es que desde que se declaró la ESPII y se formularon las primeras recomendaciones de estrategias marco para la preparación ante la pandemia, todos los Estados que han introducido restricciones en el tráfico internacional, ya sea terrestre, marítimo o aéreo, ya sea de personas o de mercancías, han informado a la OMS de estas medidas y han proporcionado sus razones y justificaciones de salud pública para ello. Inicialmente, además, se partía de la consideración de que estas medidas, en su caso, debían ser de corta duración y proporcionales a los riesgos de salud pública y deberían reconsiderarse periódicamente. Sin embargo, la rápida evolución de la situación, las incertidumbres sobre el nuevo virus y su posible origen animal, la ausencia de un tratamiento o vacuna, la morbilidad y mortalidad que estaba ocasionando y, en determinados países, la vulnerabilidad de sus sistemas de salud pública, acabaron generalizando estas medidas restrictivas.

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Nota: Esta es la segunda de una serie de “Reflexiones de un internacionalista en tiempos de pandemia” del profesor Javier Roldán Barbero (Universidad de Granada) publicadas en seis entregas: (1) sobre la verdad y las mentiras en tiempos de coronavirus; (2) el tiempo y la Covid-19; (3) el espacio: sobre lo individual y lo colectivo en tiempo de coronavirus; (4) los derechos individuales y los derechos (y obligaciones) estatales; (5) ¡Europa, Europa!; y (6) la cacofonía del nuevo mundo.

Por Javier Roldán Barbero
Catedrático de Derecho internacional público y Relaciones internacionales, Universidad de Granada (jroldanb@ugr.es).

Claro, hay que echar una mirada a la historia y a las historias. Por ejemplo, a los cuatro jinetes del Apocalipsis (el hambre, la muerte y la guerra, tan vinculadas a esta peste moderna) y a la literatura general y al cine, con tanta distopía avant-garde. En el pasado, y en la ficción, observamos algunas reacciones ante otras epidemias no tan alejadas de las generadas por esta actual, aunque hemos mejorado notablemente en cuanto a tolerancia y conocimientos. Las comparaciones pueden ser odiosas, y desde luego en este caso estremecedoras, pero son necesarias: la peor depresión económica desde 1929 (FMI), el peor desastre humanitario desde 1945 (ONU). Y también referentes del pasado pueden ser blandidos con vistas al futuro: un nuevo plan Marshall, un nuevo Bretton Woods… Hasta se echa mano de la Biblia para parangonar las hambrunas que pueden sobrevenir a consecuencia de la pandemia (Programa Mundial de Alimentos).

La pandemia ha barrido pronósticos, infinidad de sesudos estudios de prospectiva hechos por organismos internos e internacionales, públicos y privados, sobre el mundo del porvenir. Como pasa con las quinielas, los expertos no tienen, a menudo, más posibilidades de acertar en estos análisis. Y no es que un mal de este tipo fuera inadvertido por los estudios estratégicos sobre la seguridad internacional. Así, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, como tantas otras de nuestro entorno, alertaba sobre la posibilidad de un patógeno mundial devastador. Por otra parte, cualquier persona juiciosa y avisada sabe que vivimos bajo la amenaza, cierta pero no tan inmediata y por eso diferida en su tratamiento, de un apocalipsis climático que podría asolar un planeta convertido en inhabitable. De momento, el virus nos lleva ventaja sobre cómo prevenirlo (vacuna) y cómo tratarlo (terapia), y buena parte de los gobiernos occidentales han llegado muy tarde para atajarlo. No se descarta, claro, una recidiva, mundial o localizada, con consecuencias terribles. Y eso que se han multiplicado como hongos los epidemiólogos, los virólogos… También algunos analistas se han apresurado, y probablemente precipitado, a publicar libros con sus impresiones –inevitablemente provisionales- sobre la pandemia: Zizek o Giordano. Pese a sus efectos perdurables y profundos, la misma Gran Reclusión y su desescalada están expuestas a un fenómeno viral de nuestro tiempo: el vértigo de los acontecimientos, el interés versátil por las cosas, el olvido fácil (el mismo bicho es muy volátil…). La Organización Mundial de la Salud ha dicho que podría pasar que el virus nunca llegue a extinguirse, en tanto que algunos sedicentes científicos lo dan ya por debilitado. Probablemente no escarmentaremos ni nos resarciremos del todo ante otras crisis por venir. El cortoplacismo de los comicios electorales no ayuda a programaciones de largo aliento (sin que el entronamiento tramposo de Xi o de Putin resulte confortador, claro…).

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible no podrán ser ya de ningún modo alcanzados en 2030.

El eslogan de los movimientos antiglobalización (alterglobalización, mejor) se ha hecho brutalmente realidad: “otro mundo es posible” (general y personal), y todo  a consecuencia de un microorganismo. Nuestro mundo, se ha transformado, aunque hay algo también de “déjà vu”: tendemos a pensar todo en clave adanista. Muchos conflictos de nuestro tiempo se han seguido desarrollando, amortiguados o avivados: Libia, Siria, Afganistán, Yemen, el yihadismo…, si bien en la atención informativa han quedado preteridos (lo mismo que otras epidemias que no afectan al Primer Mundo). Incluso, se ha aprovechado el apagón informativo para perpetrar o anunciar fechorías, como sería la anexión israelí de Cisjordania. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, atenazado por la rivalidad chino-estadounidense sobre la génesis y la gestión del coronavirus, ha sido incapaz de arbitrar un alto el fuego mundial en tanto la pandemia siga su curso. La naturaleza sigue fustigando, quizá vengándose, en otros terrenos: así, en el ciclón que ha azotado a India y Bangladesh. Ciertamente, hemos experimentado que hay otra forma de vivir…, y de morir (y de realizar el duelo). No todo es, ciertamente, progreso incesante en la humanidad. Ciertamente, estamos ante un punto de inflexión en la Historia, en cierto modo la guerra por antonomasia de nuestra generación occidental, desde luego un game changer, pero de qué calado resulte el cambio es aventurado aún decirlo, dividiéndose los pensadores entre los que hablan de una refundación del modelo de sociedad actual y los que advierten cambios, hasta profundos y duraderos e irreversibles, pero no un renacimiento propiamente dicho. Yo me alineo en este último bando. En todo caso, parece exagerado hablar de una revisión, de una enmienda a la totalidad de nuestra vida hasta ahora, y de las relaciones internacionales. El análisis político a menudo no es más que un estado de ánimo personal. Ya se predijo equivocadamente con acontecimientos de mayor o menor magnitud (el 11-S, la Gran Recesión, la caída del comunismo, la Primavera árabe…) un cambio completo de paradigma internacional. Por cierto, nadie llegó a avistar tampoco estos sucesos realmente. Mucho menos cabe hablar de una redención del ser humano ni de que vayamos a salir regenerados moralmente de esta ordalía. Está claro que los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el programa de acción para 2030 fijado por Naciones Unidas que afecta a todos los países y a todas las facetas de  nuestra vida social e internacional, no podrán ser ya de ningún modo alcanzados. Vamos a salir distintos de estos tiempos coronarios, pero por lo pronto empeorados y mermados en términos colectivos. De momento, la nueva normalidad no podrá ser como la normalidad de antes: no volverán, de momento, los días que eran siempre igual. Pero el “show must go on” (especialmente, para restablecer la economía) se irá imponiendo. El optimista siempre puede agarrarse al consabido y consolador aserto de que las crisis ofrecen asimismo oportunidades.

Aún sin haber apurado ni derrotado estos “quarantimes” (según la sección creada al efecto por el European Council of Foreign Relations), ya proliferan nuevas profecías para el mundo “postcovid-19, casi un género en sí mismo. Un acontecimiento tan colosal nos lleva a pensar a lo grande, en términos macrohistóricos, pero tantos miedos entrecruzados entorpecen el pensamiento crítico y ecuánime y fomenta el juicio visceral y precipitado. El encadenamiento de datos y criterios hace que los vaticinios puedan quedar pronto trasnochados, hasta ridiculizados. También por razones de salud mental hay que observar la instrucción cantada en “Hey Jude”: “Don’t carry the world upon your shoulders”.

Este estado de cosas lleva a pensar cuán cambiante y cambiable, cuán recuperable es nuestro mundo, el orden o desorden mundial en que vivíamos. Podemos a partir de ahora hacer un ejercicio contrafactual: lo que habría pasado en las relaciones internacionales –y en las personales- si no hubiera irrumpido el coronavirus. ¡Tantos proyectos e ilusiones personales y políticos aplazados, modificados, truncados!  Imposible será trazar la relación de causalidad con el virus –rastrear la cadena de circunstancias- de sucesos que se produzcan a partir de ahora. ¿Sentará las bases de una reformulación del capitalismo de Estado en China, provocará la derrota electoral en noviembre de Donald Trump? La valoración final y más general requerirá mucho tiempo, casi tanto como el sugerido en la cita apócrifa atribuida a un primer ministro chino, según la cual, bien avanzado ya el siglo XX, aún era pronto para hacer una valoración de la Revolución Francesa.

Nuevo número de la REEI

junio 11, 2020

Se ha publicado un nuevo número de la REEI y tiene una apariencia brillante. Se abre con una tribuna de Eduardo Ferrer Mac-Gregor sobre la protección de los derechos de los pueblos indígenas por la Corte Internamericana de Derechos Humanos con ocasión de la sentencia de 6 de febrero de 2020 en el caso Comunidades Indígenas Miembros de la Asociación Lhaka Honhat (Nuestra Tierra) Vs. Argentina, que, según las palabras del autor, es “un precedente de la mayor importancia en cuanto a los derechos sociales de los pueblos y comunidades indígenas”.

A partir de ahí hay artículos, notas, crónicas y recensiones para todos los gustos y necesidades. Hasta ha habido tiempo para que nuestro colega Xavier Pons Rafols escriba un artículo, urgente y a la vez preciso y bien fundamentado, sobre La COVID-19, la salud global y el Derecho internacional: una primera aproximación de carácter institucional.

Me interesan muchas otras contribuciones, pero ya mismo agrego a mi lista de lecturas los artículos de Margarita Robles Carrillo sobre La gobernanza de la inteligencia artificial: contexto y parámetros generales; Ruth Rubio Marín sobre Mujeres, espacio público, participación política y derechos humanos: ¿hacia un paradigma de democracia paritaria?; Rosario Huesa Vinaixa sobre el asunto Gambia c. Myanmar (medidas provisionales); y Beatriz Vázquez Rodríguez sobre Protección diplomática y responsabilidad patrimonial del Estado: a propósito del asunto Couso.

Nota: Esta es la primera de una serie de “Reflexiones de un internacionalista en tiempos de pandemia” del profesor Javier Roldán Barbero (Universidad de Granada) publicadas en seis entregas: (1) sobre la verdad y las mentiras en tiempos de coronavirus; (2) el tiempo y la Covid-19; (3) el espacio: sobre lo individual y lo colectivo en tiempo de coronavirus; (4) los derechos individuales y los derechos (y obligaciones) estatales; (5) ¡Europa, Europa!; y (6) la cacofonía del nuevo mundo.

Por Javier Roldán Barbero
Catedrático de Derecho internacional público y Relaciones internacionales, Universidad de Granada (jroldanb@ugr.es).

No sé muy bien, la verdad, cómo empezar estas meditaciones internacionalistas, y también introspectivas, sobre el maldito coronavirus. En realidad, no se sabe a ciencia cierta tampoco cómo se generó. Llamarlo “un virus chino” no parece, desde luego, descabellado, aunque sea políticamente incorrecto, y hasta de implicaciones geoestratégicas (en todo caso, es una denominación más precisa que la de “gripe española” para la pandemia desatada en 1918). No sabemos si fue un acto deliberado o, más probablemente, negligente. Sí parecen fundadas, en cambio, la opacidad y la demora, con sus consecuencias perniciosas, por parte de las autoridades chinas.

Esto nos lleva a reflexionar, primeramente, sobre las verdades y las capacidades. No es cierto el dicho popular de que la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero…

Desde siempre ha habido una dialéctica entre técnicos y políticos a la hora de gestionar los asuntos públicos. La demagogia fue acuñada y practicada en la Grecia clásica. La propaganda ha sido la divisa de regímenes políticos pretéritos. La tecnocracia ha sido vituperada so pretexto del superior mandato de los pueblos. El experto ha sido a menudo tildado de pedante, aunque es verdad que la condición de experto se la arrogan personas de toda laya y que los genuinos especialistas sucumben con facilidad al discurso y al dinero fáciles. La meritocracia, la ideología y el compromiso han reculado a favor del carisma y de la fachada.

De un tiempo a esta parte, el bulo político ha cobrado una inusitada relevancia. El neologismo “posverdad” y el anglicismo “fake news” están a la orden del día, complicando la atribución de los méritos y culpas de nuestro tiempo, la depuración de la verdad, el esclarecimiento de responsabilidad política por las decisiones y actuaciones. La era digital, además de propagar el saber, ha contribuido en gran medida a la difusión de la mentira y la vejación. El conflicto político atañe también a los hechos: si los hechos no se amoldan a las ideas (¡a las convicciones!), peor para ellos: estamos ante los “hechos alternativos”; también ante la confusión entre la realidad y el deseo: tantos wishful thinking… Este estado de cosas se retroalimenta con el nacionalpopulismo, la democracia iliberal, “sentimental” (Arias Maldonado). No hay que fiarse tampoco de las estadísticas oficiales, fácilmente manipuladas. Hay innumerables Estados y gobiernos “oficialmente” mentirosos, y no solo entre las dictaduras, que engañan con cifras a la opinión pública y a los organismos internacionales, ahora que se estila clasificar a los países con arreglo a mil criterios. El miedo aviva el desvarío, la irrealidad, las teorías conspiranoicas. Claro, el Gobierno de turno puede siempre invocar las “mentiras piadosas”: un falseamiento de la verdad en aras de amortiguar los miedos, de hacer más digeribles las contrariedades entre la población. En todo caso, la coherencia entre lo dicho y lo hecho escasea, lo mismo que la ecuanimidad, al tiempo que abunda el postureo moral.

Este cuadro se ha disparado, y disparatado, con la eclosión de la Covid-19, la “infodemia”, en terminología de la propia Organización Mundial de la Salud, víctima ella misma de este fenómeno y tan mediatizada por la política. Un mismo personaje, como Bill Gates, puede ser santificado por sus propiedades adivinatorias y su generosidad hacia la pandemia, y, simultáneamente, demonizado como instigador del coronavirus. Las religiones, oficialmente, se han plegado a la realidad de las cosas, a diferencia de lo que hicieron antaño; pero dirigentes desbocados, acostumbrados a negar los hechos y a denostar (cuando no eliminar) al disidente, han desatado, con graves daños para la salud pública, su ira y sus delirios: Bolsonaro, Trump, Duterte, Lukashenko, etc. Casualmente, ha muerto en estos tiempos coronarios Robert May, un sabio polivalente que defendió que las decisiones políticas estuvieran sustentadas en bases científicas. Una teoría y su contraria pueden ser verdaderas o falsas, o ambas cosas a la vez, e intercambiar esta condición en un breve lapso de tiempo, tal como Eugène Ionesco ironizó en “Rinocerontes” –una comedia del absurdo sobre la metamorfosis “viral” de las personas en rinocerontes- con el papel del lógico, quien, preguntado sobre si un perro podría ser un gato, contestó muy circunspecto: “Lógicamente, sí. Pero lo contrario es también cierto”. Los mismos gobiernos, como el nuestro, menosprecian los méritos y los perfiles, que llegan a tergiversar, priorizando la lealtad personal y política en la designación de los puestos públicos (situando a un filósofo, pongo por caso, al frente del Ministerio de Sanidad).

En los estudios internacionales hay una larga tradición de predominio del idealismo sobre el realismo, confundiendo, de  buena o mala fe, el mundo que es con el que podría o debería ser.

Sobre los fenómenos económicos y sociales hay, ya se sabe, un amplio margen de opinión, lo que facilita que se pontifique (y hasta se deslumbre) alegremente con ellos. El fenómeno que nos azota es fundamental y originariamente físico-natural. La Covid-19 ha alentado el interés, la importancia, la urgencia por la ciencia “de bata blanca”. Está siendo, sin embargo, muy ardua y controvertida la lucha científica contra la pandemia  ante un panorama con pocas constataciones claras, en que la realidad supera a la ficción, la ciencia se aproxima a la ciencia-ficción y la ciencia-ficción al costumbrismo. La ciencia se opone al infundio y al juicio acelerado, pero ella misma trabaja, buscando la verdad, con la técnica de la prueba-error. Negar la ciencia se ha convertido, ya con el cambio climático, en una postura ideológica, desafiante. La ciencia, privada y pública, también se presta –llevada por el narcisimo, el mercantilismo, el afán de gloria- a la propaganda, a la mentira, a la trifulca política, como está ocurriendo con el debate sobre la hidroxicloroquina y con la búsqueda de la vacuna salvadora entre las potencias. El factor humano, político y social se interfiere en la investigación científica. Necesitamos comisiones de la verdad, un fact-checking global e imparcial para determinar el origen, la prevención, el tratamiento, las responsabilidades asociadas a este enemigo invisible y minúsculo, este “fuc… virus”, como se diría en una película del Hollywood actual, seguramente ya preparado para producir el gran largometraje de estos tiempos, convertidos en pura distopía. En suma, y aunque la pandemia ha revalorizado a los sabios y postergado a los cantamañanas, el conocimiento y la verdad no siempre se saben localizar ni personalizar, y la serendipia también juega su papel. Está claro que la verdad no se presenta siempre como un bien perseguido, alcanzable o liberador, y que el discurso visceral se impone con frecuencia al racional. En los estudios internacionales hay una larga tradición de predominio del idealismo sobre el realismo, confundiendo, de  buena o mala fe, el mundo que es con el que podría o debería ser.

¿Quieres escribir una tesis en la UAM? ¿Te interesa entrar en un programa de doctorado? Próximamente se abrirá el plazo de solicitud de la convocatoria de contratos predoctorales para formación de personal investigador 2020 (FPI-UAM). Se prevé que dicho plazo empiece el 22 de junio de 2020 y termine a las 23:59 horas del día 6 de julio de 2020. Los requisitos son similares a los de años anteriores y la solicitud se hace de forma telemática a través del portal de administración electrónica de la UAM, en la URL https://sede.uam.es/sede/fpi.

La División de Codificación de la Oficina de Asuntos Jurídicos agregó recientemente las siguientes conferencias en formato audio en el canal de podcast de la Biblioteca Audiovisual de Derecho Internacional de las Naciones Unidas:

  • El Tribunal Europeo de Derechos Humanos” por la Sra. Concepción Escobar Hernández, y
  • “Aspectos conceptuales e históricos del proceso de codificación y de desarrollo progresivo del derecho internacional en la Naciones Unidas, con especial referencia a la labor de la Comisión de Derecho Internacional (Parte I, Parte II)” por le Sr. Manuel Rama Montaldo.

La Biblioteca Audiovisual está disponible como un podcast en SoundCloud, al que se puede acceder a través de las aplicaciones preinstaladas en los dispositivos de Apple, Android o a través de la aplicación de podcast de su preferencia buscando “Audiovisual Library of International Law

Por Vanesa Menéndez Montero

PremioJovenInvestig(2)

La Facultad de Derecho y la Revista Jurídica de la UAM convocan el X Premio Jóvenes Investigadores con el fin de fomentar el acercamiento de los estudiantes, de todas las Universidades de España y del extranjero, a la investigación científica y a la presentación de ponencias ante un público universitario. La convocatoria está dirigida a estudiantes de Grado, Máster o Doctorado en Derecho, Ciencias Políticas o disciplinas afines a las Ciencias Sociales. El Premio plantea tres modalidades distintas:

  • Derecho Público y Filosofía Jurídica
  • Derecho Privado, Social y Económico
  • Ciencia Política y Relaciones Internacionales

Los participantes deberán presentar los resultados de sus trabajos de investigación en una primera fase escrita y en una segunda fase oral y pública. Consulta las bases del premio y los requisitos para la presentación de propuestas aquí. El plazo máximo de entrega de los trabajos finaliza el 25 de septiembre de 2020 a las 20:00h (CMT). Cada modalidad estará dotada de un primer premio de 300 euros en metálico y un accésit de un vale de 100 euros canjeable en la librería Marcial Pons. Además, en el caso de que los trabajos premiados y finalistas superen el proceso de evaluación anónimo establecido, el texto íntegro será publicado en los próximos números de la RJUAM.

Por Nicolás Carrillo Santarelli

Según anotó el Programa Estado de Derecho para Latinoamérica de la Fundación Konrad Adenauer, hoy 26 de mayo de 2020 la Corte Interamericana de Derechos Humanos adoptó una primera decisión en el contexto de la pandemia del Covid-19. La resolución en cuestión corresponde a la adopción de medidas urgentes (vid. artículo 27 del Reglamento de la Corte, cuyo cumplimiento puede ser supervisado por el mismo órgano judicial) que se emitieron en relación con la supervisión del cumplimiento de la sentencia de la Corte en el caso Vélez Loor vs. Panamá, y en ella se resuelve señalar a Panamá que debe proteger el derecho a la salud y otros derechos humanos, como los relativos a la vida y a la integridad personal, de quienes se encuentren en centros de migrantes, lo que exige que se de acceso “a servicios de salud esenciales sin discriminación a todas las personas que se encuentran en las Estaciones de Recepción Migratoria La Peñita y Laja Blanca, incluyendo detección temprana y tratamiento del COVID-19″. 

Cabe anotar que, entre los factores de riesgo señalados por los representantes de la víctima, se encontraba la perpetuación de las detenciones (“las medidas implementadas por las autoridades panameñas para contener la propagación del COVID-19, en particular la restricción de la circulación interna y el cierre de las fronteras, “han exacerbado la situación de privación de libertad”, de modo que “la[s] situaci[ones] de detención”, que antes “[podían] llegar a durar entre semanas y meses”, ahora se habrían convertido en detenciones indefinidas”), las condiciones de hacinamiento (párr. 7), o la ausencia de atención médica primaria y medidas frente a casos de contagio (ibid.). La presidenta de la Corte Interamericana tomó nota de estas alegaciones, y manifestó que “La solicitud alude a alegadas condiciones de hacinamiento y sobrepoblación en la Estación de Recepción Migratoria La Peñita, ubicada en la zona fronteriza de la Provincia de Darién, que impedirían adoptar las medidas de higiene y de distanciamiento social para prevenir el contagio del COVID-19 entre las personas allí retenidas por cuestiones migratorias, así como a la alegada falta de atención médica adecuada para las personas migrantes en dicho centro. Los hechos que las representantes alegan estarían afectando a un grupo de personas determinables”.

En cuanto a la constatación de extrema gravedad la presidenta también observó que un centro “continúa albergando un alto número de personas que supone, al menos, siete veces más de lo que permitiría su capacidad, lo cual puede favorecer la propagación del COVID-19″, y que las observaciones presentadas por Panamá “no explica[n] cómo se cumplen los estándares de la Organización Mundial de la Salud ante un nivel de sobrepoblación tan elevado”. En últimas, se concluye que “el requisito de irreparabilidad del daño se cumple debido a que la situación de extrema gravedad y urgencia de las personas retenidas en la Estación de Recepción Migratoria La Peñita y en Laja Blanca podría tener consecuencias irreparables a sus derechos a la salud, integridad personal y vida” (subrayado añadido).

Esta decisión es importante, en tanto pone de manifiesto cómo en el contexto de medidas para enfrentar la pandemia (al igual que en relación con otras como por ejemplo, aunque no solamente, aquellas relativas a la llamada lucha contra el terrorismo) las obligaciones internacionales de los Estados subsisten, y que si bien puede haber ciertas suspensiones o restricciones lícitas, según han dicho otros órganos de supervisión internacional, es importante garantizar que las medidas estatales en la coyuntura actual sean vigiladas para evitar abusos o el incumplimiento de exigencias como las relativas a la no discriminación (cuya exigencia es incluso imperativa o de ius cogens, como ha señalado en diversas ocasiones la propia Corte (ver aquí [OC-18/03] o aquí [OC-24/17, párr. 61]).

Lo anterior se constata y recuerda en una propia Declaración de la CorteIDH frente a la pandemia: “COVID-19 y Derechos Humanos: los problemas y desafíos deben ser abordados con perspectiva de derechos humanos y respetando las obligaciones internacionales”, en donde se dice que “En estos momentos, especial énfasis adquiere garantizar de manera oportuna y apropiada los derechos a la vida y a la salud de todas las personas bajo la jurisdicción del Estado sin discriminación alguna, incluyendo a los adultos mayores, las personas migrantes, refugiadas y apátridas, y los miembros de las comunidades indígenas“, subrayado añadido. Ciertamente, como han dicho agentes de organizaciones interancionales, ni en la pandemia actual ni en otras situaciones pueden admitirse la xenofobia o la discriminación en razón de nacionalidad u otros factores. Bienvenida sea la decisión, y ojalá se cumpla, como corresponde.

P.S. Un Comité y un relator de derechos humanos de las Naciones Unidas con mandatos referidos a los derechos de migrantes acaban de emitir una nota orientadora conjunta en la que se reiteran algunos de los puntos discutidos en este post. Igualmente, en un comunicado del Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas se enfatiza la necesidad de que las medidas estatales de restricción o suspensión cumplan estrictamente con los requisitos de necesidad, proporcionalidad y no discriminación, recordando que no todo vale en tiempos de crisis; mientras que otra declaración conjunta de entes como la OMS advierte sobre la necesidad de impedir condiciones de hacinamiento en centros de detención. Esto reitera la importancia de la supervisión internacional cuando los Estados incumplan o haya un riesgo de que no observen sus compromisos y deberes por acción u (como en este caso) omisión. Espero que, siguiendo la doctrina del control de convencionalidad, lo señalado por la Corte sea tenido en cuenta por Estados diferentes a Panamá (e incluyéndole, por supuesto), tal y como recientemente la Corte Constitucional de Colombia tuvo en cuenta una decisión de la Corte Interamericana en un caso políticamente sensible sobre el derecho de apelar que tiene un ex-ministro.