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Es un programa gratuito dirigido a investigadores, que preferentemente posean un título avanzado, como por ejemplo un doctorado. Una gran oportunidad. Toda la información en la página web de la Academia. ¡Suerte!

Por Javier Roldán Barbero
Catedrático de Derecho internacional público y Relaciones internacionales, Universidad de Granada (jroldanb@ugr.es).

Algunas efemérides redondas de 2020 nos deben servir para saber de dónde venimos, hacia dónde no debemos volver: 150 años del comienzo de la guerra franco-prusiana; 75 del fin de la Segunda Guerra Mundial; 70 años de la Declaración Schuman que sentó las bases de la integración europea. Refresquemos nuestra memoria democrática y de paz.

Se ha dicho que la covid-19 venía a ser una Tercera Guerra Mundial; y también con epicentro, durante unas semanas, en Europa; esta vez no guerra civil europea, sino contra un enemigo invisible aunque también difícil de batir. Nuestro eurocentrismo, un cierto ombliguismo cuando la pandemia ha reculado en Europa pero se ha acelerado en el mundo, ha vuelto a florecer, recordando los tiempos de hegemonía y arrogancia europea en el mundo…

El viejo, y envejecido, continente ha sufrido durante los últimos años grandes embates, todos de alguna forma concatenados. Esos embates llevaron a muchos analistas a certificar, prematuramente, la defunción de la construcción europea. Embates como la Gran Recesión y la crisis del euro, fracturas entre Estados miembros de variado signo, la crisis de los refugiados, la fragmentación del espacio Schengen, el dilema de la ampliación, el Brexit, el desafío antidemocrático y nacionalpopulista. Esos desafíos se mantienen: un Brexit irresuelto, un nuevo pacto sobre migración y protección internacional bloqueado, las tendencias iliberales que siguen queriendo socavar los fundamentos y los valores de la UE. Otros desafíos se han exacerbado, hasta extremado, con la cuarentena y sus secuelas: la restauración de los controles fronterizos internos y, por encima de todo, la desigualdad y el empobrecimiento económicos y sociales.

Un nuevo contrato social está en juego.

Europa ha de mostrarse unida en su diversidad y ante la adversidad. Parece que su reacción económica ahora ha diferido de la mantenida, sobre premisas fundamentalistas de corte austeritario, ante la recesión desatada en 2008. El Banco Central Europeo persevera y aun desata su política de expansión monetaria, a pesar del varapalo tan inquietante proveniente del Tribunal Constitucional alemán, que amenaza la misma primacía del Derecho de la UE y de su Tribunal de Justicia. La política fiscal, por su parte, se ha relajado con la creación anunciada de un casi billonario Fondo de Recuperación, pendiente ahora de fijar en sus cantidades y condiciones (cuánto habrá de dinero fresco sin hechicería financiera, cuánto de subvenciones y de préstamos, cuánta condicionalidad para los beneficiarios principales, para cuándo su operatividad). Las reglas de estabilidad presupuestaria y de libre competencia también se han suavizado. Pero es capital que no se deconstruyan el mercado interior y la firmeza del Derecho europeo ante la gravedad extraordinaria de los acontecimientos ya vividos y por venir. El presupuesto europeo ha de crecer y dotarse de nuevos recursos propios. El concepto recurrente de nuestro tiempo en todo tipo de crisis –la resiliencia- cobra toda su razón de ser. La Unión Europea ha de salir de este envite -¡de este órdago!- con el propósito de su reindustrialización y, desde luego, manteniendo la determinación verde, social y digital. Un nuevo contrato social está en juego. El reto sigue formulado, con el principio de subsidiariedad como rule of reason, en la pregunta ¿qué podemos hacer juntos?; y la respuesta suele inclinarse en favor de la opción europeísta en el marco de una gobernanza multinivel. Así, cuando se plantea la compatibilidad de las aplicaciones masivas nacionales para rastrear posibles contagios por el coronavirus. La confianza y el reconocimiento mutuos deben seguir siendo las premisas de esta nueva etapa en aras de recomponer un espacio único europeo que atraiga a la desafecta o escéptica población europea, en particular articulando un futuro prometedor para los jóvenes (también para los inconscientes que piensan que el coronavirus no va con ellos). Ante esta ordalía, la solución debe ser, salvaguardando la identidad nacional y una controlada diferenciación, más Europa (y más España en Europa, y una Europa más democrática e inclusiva), mutualizar más políticas (no solo la deuda pública).

Todavía estamos pendientes de “localizar” a Europa en el mapamundi estratégico y saber qué quiere ser de mayor.

La Europa que protege ha de tener, además, una dimensión exterior, inextricablemente unida a la dimensión interior, como la regulación actual de las fronteras pone de manifiesto, en la cual aparece, con la pandemia, una nueva acepción del concepto “país seguro”. Algo se atenúa la distinción entre Estado miembro y Estado no miembro, sobre todo en nuestro derredor, aplicando una parte de la normativa de la Unión a terceros países. La “soberanía” europea ha de manifestarse en ambos planos, sosteniendo un orden jurídico multilateral liberal, ejerciendo de verdadera potencia normativa, desmarcada de la China autoritaria, pero también de los excesos y delirios de la América prepotente de la administración Trump. Van en ello la esperanza de Europa y la de un mundo sostenible. Europa está condenada a la irrelevancia, a la vulnerabilidad y a la dependencia internacionales en el concierto o desconcierto internacional si no articula una política exterior sólida y firme, una política que potencie, como ha  comenzado a hacer en los últimos años, una política común de seguridad y defensa (con un poder blando, civil, pero también duro, si es menester, en respuesta a tantas amenazas, en socorro de la legalidad y humanidad internacional). Los imperativos apremiantes de la solidaridad interna perjudicarán la igualmente imperativa solidaridad externa, que tiene mucho de egoísmo inteligente. La nueva Europa no debe ser ingenua en sus relaciones exteriores ni abrazar la globalización sin amaestrarla. La nueva Conferencia sobre el Futuro de Europa que se quiere lanzar tiene mucho trabajo y pocos resultados seguros por delante cuando hay tantas fuerzas centrífugas, de dentro y de afuera, provocadas o accidentales, al acecho. Todavía estamos pendientes de “localizar” a Europa en el mapamundi estratégico y saber qué quiere ser de mayor. Ya Robert Schuman y  Jean Monnet, hace 70 años, vinieron a expresar, dicho en castizo, que la obra iría pidiendo material y que el final de la construcción europea no estaba escrito en ninguna parte, que Dios proveería. Y en esas seguimos, aunque ellos no pudieran vislumbrar un azote como el de esta pandemia. Ojalá que pronto podamos entonar a pleno pulmón, liberados de mascarillas, el “Himno a la Alegría” de Beethoven, himno de la Unión Europea. El nacimiento del genial músico, tan emblemática su obra de la Europa que queremos y que nos une, constituye también este año una efeméride redonda: 250 años.

Nota: Esta es la quinta entrega de una serie de “Reflexiones de un internacionalista en tiempos de pandemia” del profesor Javier Roldán Barbero, publicadas en seis entregas: (1) sobre la verdad y las mentiras en tiempos de coronavirus; (2) el tiempo y la Covid-19; (3) el espacio: sobre lo individual y lo colectivo en tiempo de coronavirus; (4) los derechos individuales y los derechos (y obligaciones) estatales; (5) ¡Europa, Europa!; y (6) la cacofonía del nuevo mundo.

Por Mariano J. Aznar*

A la espera de ver qué decide el gobierno colombiano sobre los restos del San José –galeón español hundido en 1708 cerca de Cartagena de Indias–, otros tres casos de posible pérdida de patrimonio cultural subacuático (PCS) han vuelto a discutirse mientras la COVID19 nos mantenía encerrados en casa: en los EE.UU., una juez de distrito autorizaba la recuperación de algunos objetos del Titanic a pesar de lo señalado tanto en la legislación norteamericana como en el acuerdo de 2000 que protege el pecio, en vigor desde noviembre de 2019; en abril de 2020 se hizo pública la recuperación de 600 objetos arqueológicos provenientes de un pecio otomano del S. XVII, localizado en la plataforma continental libanesa por un viejo conocido en España: el Odyssey Explorer, barco desde el que en 2007 se expolió nuestra fragata Mercedes; y ahora mismo, en Uruguay, tres naciones –España, el Reino Unido y Alemania– intentan que los caza-tesoros no se salgan con la suya y destruyan, subastándolas, colecciones y piezas históricas provenientes del San Salvador, del HMS Agamemnon y del Admiral Graf Spee (hundidos en aguas de la República Oriental en 1812, 1809 y 1939, respectivamente).

En todos estos casos, la reacción de la comunidad científica internacional, de algunos Estados y de la UNESCO, está pretendiendo evitar el expolio: España ha propuesto a Colombia la firma de un Memorando de Entendimiento para proteger conjuntamente el San José; se va a recurrir la decisión de la juez norteamericana sobre el Titanic; Líbano y Chipre está colaborando en la preservación de los objetos, confiscados desde 2015 en Limassol; y las embajadas europeas concernidas pueden presionar diplomáticamente en Montevideo para que los caza-tesoros no se salgan con la suya. Pero aún queda mucho por hacer.

Más allá de la necesaria acción política –a través de esfuerzos diplomáticos incesantes–; además del fortalecimiento del régimen jurídico protector –con mejores legislaciones nacionales que implemente los principios y reglas de la Convención UNESCO de 2001 sobre el PCS–; junto a la creación, las sinergias y la financiación de proyectos científicos colaborativos eficaces, que nos ayuden a entender la historia de la humanidad aún bajo las aguas, es necesaria la labor más importante de todas, la que da sentido y a la vez impulsa ese conjunto de medidas políticas, jurídicas y científicas: el explicar a la opinión pública que estamos hablando de patrimonio cultural, de su patrimonio cultural, y no de “tesoros”. Hablamos de ese patrimonio cultural que nos ayuda a comprender cómo las dinámicas costeras cambiaron el modo de vida de los seres humanos hace cientos de miles de años; ese patrimonio que nos explica cómo fueron las grandes globalizaciones históricas, que se hicieron por mar y dejaron sus restos –los pecios de miles de barcos– por todos los océanos; ese patrimonio que nos muestra cómo se pescaba –¡y aún se pesca!– en las aguas someras del pacífico, del Golfo Pérsico o en los ríos de Escocia; esos objetos aún sumergidos que rememoran los rituales de las culturas pre-colombinas en América, las tradiciones locales inuit en el Ártico o las maoríes en Nueva Zelanda o en la remota isla de Rarotonga; esos restos, en fin, que nos acusan del comercio de esclavos a través del Atlántico, del Índico o del Mar del Sur de la China.

Todos esos restos –por las condiciones físicas a las que han estado sometidos en muchos casos durante siglos (humedad, luminosidad, salinidad, presión)– son frágiles “cápsulas del tiempo” que unos cuantos sinvergüenzas, profesionalmente o de forma amateur, quieren arrebatarnos y venderlas al mejor postor. Es cierto que el mayor daño al PCS no proviene de estas acciones sino de otras muchas actividades humanas en los espacios costeros y marinos que, si no son llevadas a cabo con las debidas cautelas, tienen un impacto negativo sobre el PCS (la pesca de arrastre, el dragado de un puerto, la instalación de un parque eólico off-shore o la minería marina, por ejemplo). Pero los caza-tesoros pretenden envolverse en un aura de aventura, de riesgo, de prostituido interés histórico con la que pretenden justificar su premio: los objetos recuperados del fondo del mar. Esa aura parece disculparse, incluso, por mucho autores y estilos literarios: de Verne a Vizinczey, de Hergé a Pérez Reverte.

Nuestro primer deber es explicar a los ciudadanos que al igual que no se entiende la historia sin los monolitos de Pascua, sin las pirámides mayas o egipcias, sin los templos khmer o las catedrales góticas, sin los cementerios y sitios sagrados en las sabanas africanas o los desiertos australes, tampoco se entenderá sin los drakars vikingos, las balsas polinesias, los fondeaderos del caribe, las barcas y astilleros de ribera, las naves etruscas, los juncos chinos o los galeones españoles y portugueses. Están aún bajo el agua, que hoy por hoy los protege mejor que nada. Pero debemos hacer el esfuerzo científico, explicativo, financiero, jurídico y diplomático para que el público en general conozca, entienda, aprecie y exija el estudio, la preservación y la puesta en valor tanto del maderamen de un barco naufragado en la Antártida como del maderamen tristemente comido por el fuego en la catedral de Notre-Dame.

Y, señoras y señores del gobierno y la farándula: esto también es Cultura; y Cultura con la mayúscula más grande que puedan ustedes encontrar.

* Mariano J. Aznar es Catedrático de Derecho internacional público en la Universitat Jaume I. Es miembro del Comité Internacional sobre el patrimonio cultural subacuático del ICOMOS y ha actuado como asesor jurídico en la materia para diversos Estados y organizaciones internacionales. Este artículo se publicó en el diario Las Provincias el 20 de junio de 2020.

Nota: Esta es la cuarta entrega de una serie de “Reflexiones de un internacionalista en tiempos de pandemia” del profesor Javier Roldán Barbero, publicadas en seis entregas: (1) sobre la verdad y las mentiras en tiempos de coronavirus; (2) el tiempo y la Covid-19; (3) el espacio: sobre lo individual y lo colectivo en tiempo de coronavirus; (4) los derechos individuales y los derechos (y obligaciones) estatales; (5) ¡Europa, Europa!; y (6) la cacofonía del nuevo mundo.

Por Javier Roldán Barbero
Catedrático de Derecho internacional público y Relaciones internacionales, Universidad de Granada (jroldanb@ugr.es).

Las tribulaciones del capitalismo moderno, referidas en el pasado comentario, venían de atrás, al menos desde el estallido de la Gran Recesión en 2008.  Junto a la crisis, ahora acentuada, del liberalismo económico, tampoco el deterioro del liberalismo político es nuevo, y también se ha agravado con la pandemia. Asistíamos ya, en efecto, a un retroceso de las libertades,  y la Gran Reclusión ha servido de motivo, y también de pretexto, para una contracción de los derechos humanos, proceso enmarcado en una miríada de excepciones y derogaciones, más o menos fundamentadas jurídicamente. El derecho a la vida como bien supremo, se ha sostenido, justificaba esa retracción democrática. La tríada política occidental (democracia-derechos humanos-Estado de Derecho) se ha degradado y ha encontrado entre sus tres componentes contradicciones, por ejemplo con el ascenso de la democracia iliberal, erigida sobre el voto popular, pero irrespetuosa con los derechos humanos y con el imperio de la Ley. Los derechos digitales, incluido el emergente acceso universal a Internet, saltan al primer plano de la actualidad y con urgencia para paliar las desigualdades y las restricciones entre personas y países. Hay innumerables manifestaciones de deshumanización en nuestro tiempo. Por ejemplo, como contraste y paradoja de la Gran Reclusión, casi un 1% de los seres humanos se encuentran desplazados de sus hogares (ACNUR). Las libertades internas y también las internacionales, incluidas las inherentes a la Unión Europea, se han cercenado. El capitalismo de vigilancia va ganando terreno. Es fundamental crear o acrecentar  una sociedad civil concienciada y movilizada para neutralizar los abusos de la “razón de Estado”. Algunos Gobiernos pueden, so pretexto de la pandemia y del “derecho de crisis” que trae consigo, tomar medidas aún peores que la enfermedad en sí misma. El Estado y su Gobierno pueden ser el principal enemigo de sus ciudadanos y es inquietante una desinternacionalización de los derechos humanos…, o una deshumanización del Derecho internacional. Aunque los textos internacionales de protección de los derechos fundamentales hermanan la seguridad y la libertad, nos encontramos a menudo ante una disyuntiva entre ambos valores, en la que tiende a salir triunfadora la seguridad.

A medida que el imperativo de seguridad humana vaya siendo reemplazado por el imperativo de la seguridad económica, irá saliendo a la luz un panorama desolador de derechos sociales y económicos y miles de reclamaciones de distintos sectores que apelarán y comprometerán al Estado (así, a una sanidad autosuficiente y pública). Habrá más exclusión y miseria sociales, más pobreza infantil. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (el PNUD) acaba de confirmar que el desarrollo humano en los países se ha degradado por primera vez en décadas. Este coronavirus traerá consigo un robustecimiento del pragmatismo, de la Realpolitik en perjuicio del idealismo y los valores. Con la crisis pandémica algunos Gobiernos nacionales han salido reforzados, como el de Corea del Sur –revalidado ahora en las urnas y puesto como modelo frente al virus por la OMS-, mientras otros pueden caer (quién sabe si la Presidencia de Donald Trump, y esa caída sería una excelente noticia para el orden internacional liberal). Es verdad que un rebrote podría alterar las calificaciones de Gobiernos virtuosos y errados ante la pandemia. Los Gobiernos en ejercicio piden patriotismo, lealtad y unidad para afrontar la depresión social, invocando la máxima ignaciana de que en tiempo de turbación no ha de hacerse mudanza; la oposición política intenta, por su parte, sacar rédito de las circunstancias y ejercer de contrapeso a un posible absolutismo gubernamental. Las fuerzas centrífugas, divisivas, polarizadoras, intolerantes, falsificadoras de la realidad, xenófobas tendrán un gran campo abonado para sus vilezas.  Habrá seguramente menos paz social, más crispación, menos estabilidad política. El ingreso mínimo vital se presenta en muchos países como una solución de emergencia más que como, estrictamente, un progreso social. Ese reclamo de unidad se extenderá a los conflictos territoriales, apaciguados durante la pandemia –como ha pasado con el secesionismo catalán-, y en algunos casos, como el que se avecina en Hong-Kong, darán sustento a soluciones unificadoras en contra del hecho y derecho diferenciales de los territorios autónomos.

Paradójicamente, algunos Estados, acuciados por más reclamos de aquí y de allá, se verán desbordados. Los que acarreaban ya ordalías, como Argentina, tendrán problemas para sortear el default. El rescate, el intervencionismo externo se solicitarán de forma masiva, sometida esa ayuda a un régimen de condicionalidad que hipotecará la soberanía económica y política. Las carencias del Estado, de las instituciones públicas –su deficiente vertebración- están lastrando especialmente a algunas regiones como Iberoamérica. El Estado habrá de competir con estructuras paralelas ilegales, criminales. Cada país está intentando ganar con su propia narrativa, priorizar su relato de los hechos a fin de revalorizar la marca nacional, su poder blando. En el caso de China y Estados Unidos, la dialéctica toma perfiles de lucha geoestratégica mundial que nos salpicará a todos. Sólo algunos países remotos e insulares, amén de otros bajo permanente sospecha de veracidad, declaran haberse librado enteramente de la covid-19.

Las crisis sociales y políticas suelen acentuar ese veneno que es el nacionalismo (¡incluso en el ámbito de la ciencia!), denigrando el saludable patriotismo. Los Estados, a menudo pero siempre a conveniencia, invocarán sus “derechos fundamentales”: igualdad soberana, independencia política, integridad territorial, no injerencia en sus asuntos internos… Es probable que haya litigios judiciales contra Estados – y contra altas autoridades de los Estados- y que la inmunidad  soberana (por ejemplo, la china ante tribunales de los Estados Unidos de América) sea alegada y prevalezca en perjuicio de la tutela judicial efectiva. Para salir juntos de esta depresión, es crucial que la interdependencia domine a la independencia; el multilateralismo se imponga al unilateralismo; que la acuciante solidaridad interna no arrumbe a la solidaridad internacional; que las fronteras no se bunkericen, la distancia internacional no se consolide, en perjuicio de la cooperación internacional nacida del consenso entre Estados y orientada hacia la concordia; el abrazo internacional debe predominar sobre el codazo; es capital que los modelos y los discursos políticos chino o ruso no se impongan y se hagan tóxicos mediante el contagio a otras latitudes desprestigiando el Estado social y democrático de Derecho, fuente del bienestar privado y público y de una comunidad jurídica internacional digna de tal nombre.

La sentencia de la Audiencia Nacional 4391/2019, de 11 de diciembre de 2019, afirma la responsabilidad patrimonial del Estado por la falta de ejercicio de la protección diplomática del gobierno de España en el muy conocido caso Couso. Esta decisión en sede contencioso administrativa, que ha sido recurrida en casación ante el Tribunal Supremo, llega muchos años después de ocurridos los hechos principales del caso y eso se debe a la preferencia de la vía penal, que terminó cuando la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional acordó el sobreseimiento especial por falta de jurisdicción contemplado en modificación de la justicia universal mediante la LO 1/2014, confirmada en casación por el Tribunal Supremo (STS núm. 797/2016, de 25 de octubre).

Considero que la sentencia de la Audiencia Nacional de 11 de diciembre de 2019 no es convincente. Para demostrarlo ofrezco en estos párrafos tres consideraciones críticas de los fundamentos jurídicos de la decisión: (1) los conceptos de derecho internacional son presentados de manera confusa y, en cierto punto, hasta errónea; (2) el derecho español y su jurisprudencia no avalan las conclusiones de la sentencia; y (3) en la declaración de responsabilidad patrimonial falla el imprescindible requisito de causalidad entre la conducta omisiva y el daño reparable.

Los hechos del caso son bien conocidos en la opinión pública. El cámara José Couso resultó muerto en el Hotel Palestina de Bagdad el 8 de abril de 2003 como consecuencia del impacto de un proyectil disparado desde un blindado estadounidense. Aquí no voy a volver sobre el análisis de esos hechos sino que los tomaré como presupuestos de la argumentación, es decir, aceptaré como válida la existencia razonable de un delito internacional que debe ser reparado sobre la base del derecho internacional que regula la responsabilidad de los Estados por hechos internacionalmente ilícitos y que, por lo tanto, cumple con uno de los requisitos básicos del ejercicio de la protección diplomática, junto a la nacionalidad de la víctima y el agotamiento de los recursos internos del Estado infractor. Esta crítica asume por tanto que, en principio, todos los requisitos para el ejercicio de la protección diplomática están presentes en este caso, incluida la exención del agotamiento de los recursos internos de EE.UU. sobre la base de la doctrina de la inexistencia o inefectividad de las vías de recurso para las víctimas.

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Nota: Esta es la tercera de una serie de “Reflexiones de un internacionalista en tiempos de pandemia” del profesor Javier Roldán Barbero, publicadas en seis entregas: (1) sobre la verdad y las mentiras en tiempos de coronavirus; (2) el tiempo y la Covid-19; (3) el espacio: sobre lo individual y lo colectivo en tiempo de coronavirus; (4) los derechos individuales y los derechos (y obligaciones) estatales; (5) ¡Europa, Europa!; y (6) la cacofonía del nuevo mundo.

Por Javier Roldán Barbero
Catedrático de Derecho internacional público y Relaciones internacionales, Universidad de Granada (jroldanb@ugr.es).

Estos tiempos atribulados han sido una prueba de estrés para particulares e instituciones. Ha habido un estado de emergencia y de alarma para instancias privadas y públicas; una crisis existencial generalizada. La felicidad pública y la felicidad privada están interrelacionadas. La falta de público impide o menoscaba innumerables actividades privadas. Lo global y lo local se han entremezclado más que nunca: lo “glocal” ha cobrado toda su razón de ser. La Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dijo que la solución a la pandemia (pero también su complicación, añadiría yo) depende de cada uno de nosotros. Los héroes (que se han jugado y a veces perdido sus vidas por salvar otras) y villanos (que trapichean con el mal ajeno) han cambiado. Se piensa más en el contraste entre la tierra vacía y la tierra hacinada (con megalópolis muy víricas y refugios naturales preservados). Un aislamiento y una distancia social para seres humanos y Estados, un desconfinamiento físico y mental. El estado de ánimo ha renqueado y también el Estado de Derecho. En todos los estratos se ha puesto de relieve nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad. En el ámbito colectivo algunos alientan el nacionalpopulismo, el unilateralismo. Sin embargo, es más sensato creer en un egoísmo de manada que nos lleve a practicar -como el gran gurú Yuval Harari postula- la cooperación internacional e interpersonal, a advertir la interdependencia, la insoslayable globalización, amaestrándola, a rehuir el solipsismo estatal, el tribalismo social. La crisis ha sido global, pero asimétrica, y ha tenido respuestas básicamente asimétricas también; pero la reconstrucción ha de ser colectiva, ya digo más por egoísmo inteligente que por puro altruismo. Hacen falta pactos de Estado y pactos de comunidad internacional. La responsabilidad es común, aunque diferenciada. El aislamiento individual, hogareño, puede tener una vertiente creativa, ventajosa, pero cómo no empatizar más ahora con el enclaustramiento injusto y forzado de tantas personas a lo largo de los tiempos (Nelson Mandela, Ana Frank, Ortega Lara y tantos anónimos); el aislamiento nacional, en cambio, solo puede ser pernicioso. Hablaremos, más adelante, en este clinic del fenómeno estatal ante la covid-19.

Ahora hay que pensar en el ser humano enmarcado en una era ya bautizada como la del Antropoceno. Esta pandemia ha acentuado una cierta misantropía, pues el hombre sería el causante primero y último de este estado de cosas, un ser dañino e invasivo, inducido por una relación conflictiva y hostil con el ecosistema. Este ecosistema tomaría la revancha, su némesis, que nos recuerda que hemos de preservar la Naturaleza,  recuperarla como parte de la salvación humana. El aire se ha hecho protagonista: el aire puro recuperado con el confinamiento; la falta de aire que ha atormentado a las víctimas de la enfermedad; la falta de respiración que acabó criminalmente con la vida del ciudadano negro George Floyd en Minneapolis, suceso que se ha hecho también viral, confirmando que la americanización de los fenómenos rima con la globalización.

Y esta crisis ha disparado la sociedad digital, como escenario paralelo, y hasta preponderante, en sustitución de la sociedad física y presencial. Han sido tiempos sedentarios, hemos padecido una crisis de movilidad en nuestro hábitat, en y entre nuestros Estados. Tras muchos viajes alrededor de la habitación (como tituló Xavier de Maistre su experiencia vital a fines del siglo XVIII), ahora vuelve el paseo, reivindicado bellamente por Robert Walser en su opúsculo ya centenario. No podemos vivir al margen de la Naturaleza ni de los demás. El derecho internacional –como la vida tout court– ha de ser una labor coral. Más que el amor propio, hay que postular el afecto, la efusividad, tan restringida ahora, tan telemática. Una existencia onlife, no online. Una conectividad más física y menos virtual.

(¡Y qué decir de la “universidad”, entendida como paradigma del saber universal! Pues que mantenga su docencia presencial, su interacción humana, su predominio público y no devenga en “localidad” ni en “unifalsedad”).

La digitalización que esta pandemia ha acentuado, y que está aquí para quedarse, plantea los problemas de la e-governance, su régimen político, con su propia brecha entre personas y países, que discurre paralelamente a la gobernanza mundial, con hechos diferenciales claros como el oligopolio de tecnológicas que domina este “sexto continente” o las tendencias y querencias autoritarias y fragmentarias que ganan terreno en el mundo virtual con un posible “ciberleviatán” (José María Lassalle) y con la mengua de los derechos individuales. Precisamente, la pandemia ha revalorizado la ciberseguridad en detrimento de las libertades. Según esta tesis, los países asiáticos, con más obediencia y menos melindres a la hora de vigilar la vida de sus ciudadanos, podrían haber sido más eficaces que las democracias occidentales en el trazado, en el rastreo del virus. El dataísmo es, a la vez, una enfermedad y un tesoro en sí mismo en el siglo XXI. Este estado de cosas hace evocar dos conceptos orwellianos: el Gran hermano y el Ministerio de la verdad.

Lo público y lo privado, por tanto, coexisten, congeniando o rivalizando, en la Red. El enfrentamiento entre Donald Trump y Twitter –ejemplares ambos en alguna medida del achicamiento y la ligereza del saber contemporáneo- sobre los márgenes de la libertad de expresión, y de lanzar infundios, pone de relieve la tensión entre operadores privados y públicos en un espacio cada vez más codiciado y más huérfano y necesitado de regulación global.

Lo público y lo privado, por lo demás, se han entremezclado en este periodo en otras numerosas vertientes: la búsqueda de la vacuna y del tratamiento, el tamaño y la gestión del sector sanitario, la misma aportación financiera a la Organización Mundial de la Salud…

Por lo demás, una de las características de la “economía de guerra” que se perfila es un mayor intervencionismo del Estado, con programas de ayuda y rescate a empresas –sobre todo “campeonas nacionales” como Lufthansa o Renault-, de modo que el libre mercado y la libre competencia se ven embridados y el déficit y la deuda públicos, el tamaño del Estado, incrementados. Las mismas organizaciones internacionales, como el FMI y la UE, feroces austeritarias con motivo de la Gran Recesión, ahora se han tornado, felizmente, keynesianas, permitiendo una mayor inyección económica. El Estado rescatará a numerosas empresas “too big to fall”, garantizará la provisión de bienes públicos frente a la dependencia exterior, la asistencia social habrá de multiplicarse para preservar la paz pública, la pulsión proteccionista miope se agudizará, en detrimento del crecimiento económico general…, y numerosos Estados estarán siendo rescatados a su vez por el FMI y otros organismos internacionales. No será coser y cantar, desde luego, volver al “business as usual”, el restablecimiento de la seguridad económica anterior, en estrecho equilibrio con otras facetas de la seguridad: la sanitaria, la ecológica, la energética, la militar, la cibernética…

Estas reflexiones nos conducen hacia la siguiente entrega de esta saga: los derechos del individuo y los derechos (y obligaciones) del Estado.

Por Ignacio G. Perotti Pinciroli (Candidato a doctor UAM)

Estimadas amigas y amigos: en el marco de mi tesis doctoral y del Máster en Investigación Jurídica –ambos en la Universidad Autónoma de Madrid–, me encuentro investigando acerca del control de convencionalidad en el Derecho español. Para ello, he realizado un breve cuestionario totalmente anónimo, que no les llevará más de 5 minutos y que me permitirá obtener información muy valiosa para efectuar un análisis empírico sobre la temática.

Agradecería enormemente si, además de completarlo, pudieran ayudarme a hacerlo circular entre sus conocidos/as juristas. El único requisito –además de ser graduado/a o licenciado/a en Derecho– es que hayan completado parcial o totalmente sus estudios en España.

Para ingresar al cuestionario, pinchar aquí.

¡Muchas gracias por su colaboración!

Xavier Pons Rafols
Catedrático de Derecho Internacional Público de la Universidad de Barcelona (xpons@ub.edu)

El 31 de diciembre de 2019, la OMS conoció por primera vez casos de neumonía de etiología desconocida en la ciudad de Wuhan, en la provincia china de Hubei. Como es sabido, desde entonces, el virus se ha extendido por todo el mundo y prácticamente no hay país o territorio que no haya sido afectado. Con la información facilitada por las autoridades chinas y la misión de la OMS en China que visitó Wuhan el 20 y el 21 de enero, así como con los datos y la información disponible sobre la situación tanto en China como en Japón, Corea y Tailandia, el Director General convocó, el 22 y el 23 de enero de 2020, un Comité de Emergencia del Reglamento Sanitario Internacional (RSI) (Reglamento adoptado por la OMS en su versión revisada de 2005 y en vigor desde el 15 de junio de 2007), acerca del brote provocado por el nuevo coronavirus. El Comité, competente para asesorar al Director General según establece el artículo 12 del RSI, consideró en ese momento, con diferentes puntos de vista entre sus miembros, que el evento no constituía una emergencia de salud pública de importancia internacional (ESPII o PHEIC por sus siglas en inglés). En la reunión del Comité se reconoció que China había hecho esfuerzos para investigar y contener el brote epidémico -que, en aquel momento, sólo tenía 557 casos confirmados en China y algunos más exportados a Corea, Japón, Tailandia y Singapur- y que era demasiado pronto para declarar una ESPII. Sin embargo, no se hizo público un análisis pormenorizado con datos epidemiológicos que justificaran este asesoramiento (aquí). El problema de fondo es doble y ya se había suscitado en ocasiones anteriores: de un lado, la naturaleza estrictamente binaria del procedimiento previsto en el RSI, en el sentido de si hay o no hay ESPII, sin graduación de niveles de alerta; y, de otro lado, la poca transparencia por parte del Comité de Emergencias de su proceso de toma de decisiones.

En todo caso, el mismo Comité, expresando así su preocupación sobre el brote epidémico, aconsejó que fuera de nuevo convocado en un plazo máximo de diez días para reexaminar el tema. De hecho, atendiendo a la rápida evolución de la situación en relación con el brote, el Director General -después de visitar oficialmente China- volvió a convocar al Comité de Emergencia el 30 de enero de 2020, y en esa ocasión el Comité convino en que para entonces el brote había cumplido los criterios para declarar una ESPII, así lo aconsejó (aquí) y así lo declaró el Director General. En cualquier caso, tampoco se formulaba por parte del Comité un detenido análisis del cumplimiento de estos criterios, lo que dificulta también la evaluación a posteriori.

Una vez declarada la ESPII, la OMS formuló, de conformidad con el RSI y con el consejo del Comité de Emergencias, recomendaciones provisionales en las que, aunque se sugería prudencia, se desaconsejaba la aplicación de restricciones a los viajes o al comercio, sobre la base de la información disponible en ese momento. Algo que refuerza el planteamiento ya indicado -y que está recogido en el artículo 2 del RSI- de que tan importante es la respuesta de salud pública para prevenir, proteger y controlar la propagación de una enfermedad como evitar interferencias en el tráfico y en el comercio internacional. Lo que quiero subrayar es que desde que se declaró la ESPII y se formularon las primeras recomendaciones de estrategias marco para la preparación ante la pandemia, todos los Estados que han introducido restricciones en el tráfico internacional, ya sea terrestre, marítimo o aéreo, ya sea de personas o de mercancías, han informado a la OMS de estas medidas y han proporcionado sus razones y justificaciones de salud pública para ello. Inicialmente, además, se partía de la consideración de que estas medidas, en su caso, debían ser de corta duración y proporcionales a los riesgos de salud pública y deberían reconsiderarse periódicamente. Sin embargo, la rápida evolución de la situación, las incertidumbres sobre el nuevo virus y su posible origen animal, la ausencia de un tratamiento o vacuna, la morbilidad y mortalidad que estaba ocasionando y, en determinados países, la vulnerabilidad de sus sistemas de salud pública, acabaron generalizando estas medidas restrictivas.

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Nota: Esta es la segunda de una serie de “Reflexiones de un internacionalista en tiempos de pandemia” del profesor Javier Roldán Barbero (Universidad de Granada) publicadas en seis entregas: (1) sobre la verdad y las mentiras en tiempos de coronavirus; (2) el tiempo y la Covid-19; (3) el espacio: sobre lo individual y lo colectivo en tiempo de coronavirus; (4) los derechos individuales y los derechos (y obligaciones) estatales; (5) ¡Europa, Europa!; y (6) la cacofonía del nuevo mundo.

Por Javier Roldán Barbero
Catedrático de Derecho internacional público y Relaciones internacionales, Universidad de Granada (jroldanb@ugr.es).

Claro, hay que echar una mirada a la historia y a las historias. Por ejemplo, a los cuatro jinetes del Apocalipsis (el hambre, la muerte y la guerra, tan vinculadas a esta peste moderna) y a la literatura general y al cine, con tanta distopía avant-garde. En el pasado, y en la ficción, observamos algunas reacciones ante otras epidemias no tan alejadas de las generadas por esta actual, aunque hemos mejorado notablemente en cuanto a tolerancia y conocimientos. Las comparaciones pueden ser odiosas, y desde luego en este caso estremecedoras, pero son necesarias: la peor depresión económica desde 1929 (FMI), el peor desastre humanitario desde 1945 (ONU). Y también referentes del pasado pueden ser blandidos con vistas al futuro: un nuevo plan Marshall, un nuevo Bretton Woods… Hasta se echa mano de la Biblia para parangonar las hambrunas que pueden sobrevenir a consecuencia de la pandemia (Programa Mundial de Alimentos).

La pandemia ha barrido pronósticos, infinidad de sesudos estudios de prospectiva hechos por organismos internos e internacionales, públicos y privados, sobre el mundo del porvenir. Como pasa con las quinielas, los expertos no tienen, a menudo, más posibilidades de acertar en estos análisis. Y no es que un mal de este tipo fuera inadvertido por los estudios estratégicos sobre la seguridad internacional. Así, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, como tantas otras de nuestro entorno, alertaba sobre la posibilidad de un patógeno mundial devastador. Por otra parte, cualquier persona juiciosa y avisada sabe que vivimos bajo la amenaza, cierta pero no tan inmediata y por eso diferida en su tratamiento, de un apocalipsis climático que podría asolar un planeta convertido en inhabitable. De momento, el virus nos lleva ventaja sobre cómo prevenirlo (vacuna) y cómo tratarlo (terapia), y buena parte de los gobiernos occidentales han llegado muy tarde para atajarlo. No se descarta, claro, una recidiva, mundial o localizada, con consecuencias terribles. Y eso que se han multiplicado como hongos los epidemiólogos, los virólogos… También algunos analistas se han apresurado, y probablemente precipitado, a publicar libros con sus impresiones –inevitablemente provisionales- sobre la pandemia: Zizek o Giordano. Pese a sus efectos perdurables y profundos, la misma Gran Reclusión y su desescalada están expuestas a un fenómeno viral de nuestro tiempo: el vértigo de los acontecimientos, el interés versátil por las cosas, el olvido fácil (el mismo bicho es muy volátil…). La Organización Mundial de la Salud ha dicho que podría pasar que el virus nunca llegue a extinguirse, en tanto que algunos sedicentes científicos lo dan ya por debilitado. Probablemente no escarmentaremos ni nos resarciremos del todo ante otras crisis por venir. El cortoplacismo de los comicios electorales no ayuda a programaciones de largo aliento (sin que el entronamiento tramposo de Xi o de Putin resulte confortador, claro…).

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible no podrán ser ya de ningún modo alcanzados en 2030.

El eslogan de los movimientos antiglobalización (alterglobalización, mejor) se ha hecho brutalmente realidad: “otro mundo es posible” (general y personal), y todo  a consecuencia de un microorganismo. Nuestro mundo, se ha transformado, aunque hay algo también de “déjà vu”: tendemos a pensar todo en clave adanista. Muchos conflictos de nuestro tiempo se han seguido desarrollando, amortiguados o avivados: Libia, Siria, Afganistán, Yemen, el yihadismo…, si bien en la atención informativa han quedado preteridos (lo mismo que otras epidemias que no afectan al Primer Mundo). Incluso, se ha aprovechado el apagón informativo para perpetrar o anunciar fechorías, como sería la anexión israelí de Cisjordania. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, atenazado por la rivalidad chino-estadounidense sobre la génesis y la gestión del coronavirus, ha sido incapaz de arbitrar un alto el fuego mundial en tanto la pandemia siga su curso. La naturaleza sigue fustigando, quizá vengándose, en otros terrenos: así, en el ciclón que ha azotado a India y Bangladesh. Ciertamente, hemos experimentado que hay otra forma de vivir…, y de morir (y de realizar el duelo). No todo es, ciertamente, progreso incesante en la humanidad. Ciertamente, estamos ante un punto de inflexión en la Historia, en cierto modo la guerra por antonomasia de nuestra generación occidental, desde luego un game changer, pero de qué calado resulte el cambio es aventurado aún decirlo, dividiéndose los pensadores entre los que hablan de una refundación del modelo de sociedad actual y los que advierten cambios, hasta profundos y duraderos e irreversibles, pero no un renacimiento propiamente dicho. Yo me alineo en este último bando. En todo caso, parece exagerado hablar de una revisión, de una enmienda a la totalidad de nuestra vida hasta ahora, y de las relaciones internacionales. El análisis político a menudo no es más que un estado de ánimo personal. Ya se predijo equivocadamente con acontecimientos de mayor o menor magnitud (el 11-S, la Gran Recesión, la caída del comunismo, la Primavera árabe…) un cambio completo de paradigma internacional. Por cierto, nadie llegó a avistar tampoco estos sucesos realmente. Mucho menos cabe hablar de una redención del ser humano ni de que vayamos a salir regenerados moralmente de esta ordalía. Está claro que los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el programa de acción para 2030 fijado por Naciones Unidas que afecta a todos los países y a todas las facetas de  nuestra vida social e internacional, no podrán ser ya de ningún modo alcanzados. Vamos a salir distintos de estos tiempos coronarios, pero por lo pronto empeorados y mermados en términos colectivos. De momento, la nueva normalidad no podrá ser como la normalidad de antes: no volverán, de momento, los días que eran siempre igual. Pero el “show must go on” (especialmente, para restablecer la economía) se irá imponiendo. El optimista siempre puede agarrarse al consabido y consolador aserto de que las crisis ofrecen asimismo oportunidades.

Aún sin haber apurado ni derrotado estos “quarantimes” (según la sección creada al efecto por el European Council of Foreign Relations), ya proliferan nuevas profecías para el mundo “postcovid-19, casi un género en sí mismo. Un acontecimiento tan colosal nos lleva a pensar a lo grande, en términos macrohistóricos, pero tantos miedos entrecruzados entorpecen el pensamiento crítico y ecuánime y fomenta el juicio visceral y precipitado. El encadenamiento de datos y criterios hace que los vaticinios puedan quedar pronto trasnochados, hasta ridiculizados. También por razones de salud mental hay que observar la instrucción cantada en “Hey Jude”: “Don’t carry the world upon your shoulders”.

Este estado de cosas lleva a pensar cuán cambiante y cambiable, cuán recuperable es nuestro mundo, el orden o desorden mundial en que vivíamos. Podemos a partir de ahora hacer un ejercicio contrafactual: lo que habría pasado en las relaciones internacionales –y en las personales- si no hubiera irrumpido el coronavirus. ¡Tantos proyectos e ilusiones personales y políticos aplazados, modificados, truncados!  Imposible será trazar la relación de causalidad con el virus –rastrear la cadena de circunstancias- de sucesos que se produzcan a partir de ahora. ¿Sentará las bases de una reformulación del capitalismo de Estado en China, provocará la derrota electoral en noviembre de Donald Trump? La valoración final y más general requerirá mucho tiempo, casi tanto como el sugerido en la cita apócrifa atribuida a un primer ministro chino, según la cual, bien avanzado ya el siglo XX, aún era pronto para hacer una valoración de la Revolución Francesa.

Nuevo número de la REEI

junio 11, 2020

Se ha publicado un nuevo número de la REEI y tiene una apariencia brillante. Se abre con una tribuna de Eduardo Ferrer Mac-Gregor sobre la protección de los derechos de los pueblos indígenas por la Corte Internamericana de Derechos Humanos con ocasión de la sentencia de 6 de febrero de 2020 en el caso Comunidades Indígenas Miembros de la Asociación Lhaka Honhat (Nuestra Tierra) Vs. Argentina, que, según las palabras del autor, es “un precedente de la mayor importancia en cuanto a los derechos sociales de los pueblos y comunidades indígenas”.

A partir de ahí hay artículos, notas, crónicas y recensiones para todos los gustos y necesidades. Hasta ha habido tiempo para que nuestro colega Xavier Pons Rafols escriba un artículo, urgente y a la vez preciso y bien fundamentado, sobre La COVID-19, la salud global y el Derecho internacional: una primera aproximación de carácter institucional.

Me interesan muchas otras contribuciones, pero ya mismo agrego a mi lista de lecturas los artículos de Margarita Robles Carrillo sobre La gobernanza de la inteligencia artificial: contexto y parámetros generales; Ruth Rubio Marín sobre Mujeres, espacio público, participación política y derechos humanos: ¿hacia un paradigma de democracia paritaria?; Rosario Huesa Vinaixa sobre el asunto Gambia c. Myanmar (medidas provisionales); y Beatriz Vázquez Rodríguez sobre Protección diplomática y responsabilidad patrimonial del Estado: a propósito del asunto Couso.