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Reflexiones de un internacionalista sobre la pandemia./2. El tiempo y la covid-19, por Javier Roldán Barbero

junio 12, 2020

Nota: Esta es la segunda de una serie de “Reflexiones de un internacionalista en tiempos de pandemia” del profesor Javier Roldán Barbero (Universidad de Granada) publicadas en seis entregas: (1) sobre la verdad y las mentiras en tiempos de coronavirus; (2) el tiempo y la Covid-19; (3) el espacio: sobre lo individual y lo colectivo en tiempo de coronavirus; (4) los derechos individuales y los derechos (y obligaciones) estatales; (5) ¡Europa, Europa!; y (6) la cacofonía del nuevo mundo.

Por Javier Roldán Barbero
Catedrático de Derecho internacional público y Relaciones internacionales, Universidad de Granada (jroldanb@ugr.es).

Claro, hay que echar una mirada a la historia y a las historias. Por ejemplo, a los cuatro jinetes del Apocalipsis (el hambre, la muerte y la guerra, tan vinculadas a esta peste moderna) y a la literatura general y al cine, con tanta distopía avant-garde. En el pasado, y en la ficción, observamos algunas reacciones ante otras epidemias no tan alejadas de las generadas por esta actual, aunque hemos mejorado notablemente en cuanto a tolerancia y conocimientos. Las comparaciones pueden ser odiosas, y desde luego en este caso estremecedoras, pero son necesarias: la peor depresión económica desde 1929 (FMI), el peor desastre humanitario desde 1945 (ONU). Y también referentes del pasado pueden ser blandidos con vistas al futuro: un nuevo plan Marshall, un nuevo Bretton Woods… Hasta se echa mano de la Biblia para parangonar las hambrunas que pueden sobrevenir a consecuencia de la pandemia (Programa Mundial de Alimentos).

La pandemia ha barrido pronósticos, infinidad de sesudos estudios de prospectiva hechos por organismos internos e internacionales, públicos y privados, sobre el mundo del porvenir. Como pasa con las quinielas, los expertos no tienen, a menudo, más posibilidades de acertar en estos análisis. Y no es que un mal de este tipo fuera inadvertido por los estudios estratégicos sobre la seguridad internacional. Así, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, como tantas otras de nuestro entorno, alertaba sobre la posibilidad de un patógeno mundial devastador. Por otra parte, cualquier persona juiciosa y avisada sabe que vivimos bajo la amenaza, cierta pero no tan inmediata y por eso diferida en su tratamiento, de un apocalipsis climático que podría asolar un planeta convertido en inhabitable. De momento, el virus nos lleva ventaja sobre cómo prevenirlo (vacuna) y cómo tratarlo (terapia), y buena parte de los gobiernos occidentales han llegado muy tarde para atajarlo. No se descarta, claro, una recidiva, mundial o localizada, con consecuencias terribles. Y eso que se han multiplicado como hongos los epidemiólogos, los virólogos… También algunos analistas se han apresurado, y probablemente precipitado, a publicar libros con sus impresiones –inevitablemente provisionales- sobre la pandemia: Zizek o Giordano. Pese a sus efectos perdurables y profundos, la misma Gran Reclusión y su desescalada están expuestas a un fenómeno viral de nuestro tiempo: el vértigo de los acontecimientos, el interés versátil por las cosas, el olvido fácil (el mismo bicho es muy volátil…). La Organización Mundial de la Salud ha dicho que podría pasar que el virus nunca llegue a extinguirse, en tanto que algunos sedicentes científicos lo dan ya por debilitado. Probablemente no escarmentaremos ni nos resarciremos del todo ante otras crisis por venir. El cortoplacismo de los comicios electorales no ayuda a programaciones de largo aliento (sin que el entronamiento tramposo de Xi o de Putin resulte confortador, claro…).

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible no podrán ser ya de ningún modo alcanzados en 2030.

El eslogan de los movimientos antiglobalización (alterglobalización, mejor) se ha hecho brutalmente realidad: “otro mundo es posible” (general y personal), y todo  a consecuencia de un microorganismo. Nuestro mundo, se ha transformado, aunque hay algo también de “déjà vu”: tendemos a pensar todo en clave adanista. Muchos conflictos de nuestro tiempo se han seguido desarrollando, amortiguados o avivados: Libia, Siria, Afganistán, Yemen, el yihadismo…, si bien en la atención informativa han quedado preteridos (lo mismo que otras epidemias que no afectan al Primer Mundo). Incluso, se ha aprovechado el apagón informativo para perpetrar o anunciar fechorías, como sería la anexión israelí de Cisjordania. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, atenazado por la rivalidad chino-estadounidense sobre la génesis y la gestión del coronavirus, ha sido incapaz de arbitrar un alto el fuego mundial en tanto la pandemia siga su curso. La naturaleza sigue fustigando, quizá vengándose, en otros terrenos: así, en el ciclón que ha azotado a India y Bangladesh. Ciertamente, hemos experimentado que hay otra forma de vivir…, y de morir (y de realizar el duelo). No todo es, ciertamente, progreso incesante en la humanidad. Ciertamente, estamos ante un punto de inflexión en la Historia, en cierto modo la guerra por antonomasia de nuestra generación occidental, desde luego un game changer, pero de qué calado resulte el cambio es aventurado aún decirlo, dividiéndose los pensadores entre los que hablan de una refundación del modelo de sociedad actual y los que advierten cambios, hasta profundos y duraderos e irreversibles, pero no un renacimiento propiamente dicho. Yo me alineo en este último bando. En todo caso, parece exagerado hablar de una revisión, de una enmienda a la totalidad de nuestra vida hasta ahora, y de las relaciones internacionales. El análisis político a menudo no es más que un estado de ánimo personal. Ya se predijo equivocadamente con acontecimientos de mayor o menor magnitud (el 11-S, la Gran Recesión, la caída del comunismo, la Primavera árabe…) un cambio completo de paradigma internacional. Por cierto, nadie llegó a avistar tampoco estos sucesos realmente. Mucho menos cabe hablar de una redención del ser humano ni de que vayamos a salir regenerados moralmente de esta ordalía. Está claro que los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el programa de acción para 2030 fijado por Naciones Unidas que afecta a todos los países y a todas las facetas de  nuestra vida social e internacional, no podrán ser ya de ningún modo alcanzados. Vamos a salir distintos de estos tiempos coronarios, pero por lo pronto empeorados y mermados en términos colectivos. De momento, la nueva normalidad no podrá ser como la normalidad de antes: no volverán, de momento, los días que eran siempre igual. Pero el “show must go on” (especialmente, para restablecer la economía) se irá imponiendo. El optimista siempre puede agarrarse al consabido y consolador aserto de que las crisis ofrecen asimismo oportunidades.

Aún sin haber apurado ni derrotado estos “quarantimes” (según la sección creada al efecto por el European Council of Foreign Relations), ya proliferan nuevas profecías para el mundo “postcovid-19, casi un género en sí mismo. Un acontecimiento tan colosal nos lleva a pensar a lo grande, en términos macrohistóricos, pero tantos miedos entrecruzados entorpecen el pensamiento crítico y ecuánime y fomenta el juicio visceral y precipitado. El encadenamiento de datos y criterios hace que los vaticinios puedan quedar pronto trasnochados, hasta ridiculizados. También por razones de salud mental hay que observar la instrucción cantada en “Hey Jude”: “Don’t carry the world upon your shoulders”.

Este estado de cosas lleva a pensar cuán cambiante y cambiable, cuán recuperable es nuestro mundo, el orden o desorden mundial en que vivíamos. Podemos a partir de ahora hacer un ejercicio contrafactual: lo que habría pasado en las relaciones internacionales –y en las personales- si no hubiera irrumpido el coronavirus. ¡Tantos proyectos e ilusiones personales y políticos aplazados, modificados, truncados!  Imposible será trazar la relación de causalidad con el virus –rastrear la cadena de circunstancias- de sucesos que se produzcan a partir de ahora. ¿Sentará las bases de una reformulación del capitalismo de Estado en China, provocará la derrota electoral en noviembre de Donald Trump? La valoración final y más general requerirá mucho tiempo, casi tanto como el sugerido en la cita apócrifa atribuida a un primer ministro chino, según la cual, bien avanzado ya el siglo XX, aún era pronto para hacer una valoración de la Revolución Francesa.