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Reflexiones de un internacionalista sobre la pandemia./y 6. Cacofonía del nuevo mundo, por Javier Roldán Barbero

julio 10, 2020

Por Javier Roldán Barbero
Catedrático de Derecho internacional público y Relaciones internacionales, Universidad de Granada (jroldanb@ugr.es).

Huelga decir que antes de la aparición de la covid-19, el panorama internacional (y también el casero, con tantos malos tratos familiares) ofrecía  ya sufrimientos indecibles, tan dolorosos como se quisiera profundizar en ellos. El mundo ya estaba mal hecho, mal gobernado, en buena parte como trasunto de los desarreglos y desafueros ocurridos en la esfera nacional, enrarecidos por intervenciones e intereses, a menudo espurios, de terceras potencias. Pongamos que hablo de Siria, Libia, Yemen, Venezuela, Afganistán… Si pensamos únicamente en el mundo musulmán, nos encontramos, por un lado, con la peste del yihadismo; por otro lado, con las penalidades de numerosas poblaciones islámicas: rohinyás, uigures, indios, palestinos, o simplemente a merced de la incompetencia y sevicias del Gobierno de turno.

Esta crisis pandémica no ha sido, como lo fue la Gran Recesión, el resultado de una mala gestión política y económica: ¿o sí lo ha sido también parcialmente? En todo caso, este coronavirus nos ha deparado una nueva cosmovisión, nuevas urgencias y prioridades. Se trata de un seísmo geoestratégico en toda regla, comenzando por el enconamiento de las relaciones sino-estadounidenses, en razón o al tiempo (¡Hong-Kong!) de la pandemia, una vez aplazado el enfrentamiento blando de los Juegos Olímpicos. Una nueva guerra fría, una nueva bipolaridad en alguna medida, pero con otros actores principales o secundarios (y hasta cameos). Ninguno de los dos protagonistas merece salir indemne, y menos revalorizado, de estos tiempos en su marca país. El ascenso pacífico de China parece cada vez más turbio. En cuanto a los Estados Unidos, su gestión interna de la pandemia está en correspondencia con una política exterior caótica y calamitosa, que inflige innumerables daños al Derecho internacional, esto es, a la convivencia y la cooperación internacionales: podríamos hablar, últimamente, de las amenazas a la Corte Penal Internacional, los nuevos embates a la política de desarme, la retirada de la OMS, el aliento a la anexión israelí de Cisjordania, la aplicación de medidas extraterritoriales ilegales, la renuncia a abordar la fiscalidad internacional sobre bases razonables… Estados Unidos se ha convertido en un problema para el mundo, también para Europa, más que en un libertador.

Están por ver otras consecuencias geoestratégicas de una pandemia que ha desarbolado más a la clase media y rica del mundo, pero que hará profunda mella en los países pobres, ahondando en las desigualdades en y entre las naciones, con una cooperación internacional para el desarrollo en declive. Con razón, los países subdesarrollados han invocado, desde hace tiempo, la creación en el seno de la ONU de un Consejo de Seguridad Económica, idea que cobra más fundamento ahora.

El Derecho internacional es un instrumento farragoso para las urgencias.

Los Estados adquieren un protagonismo acrecentado en la sociedad interna y en la internacional: muchos Estados fallidos de nueva planta, quizá partidos (como Libia), o reunificados impositivamente (el adiós, más cercano, al estatuto autónomo de Hong-Kong), más intervencionistas en la economía y muchos intervenidos, insolventes, con sus cloacas, con un imperio del Derecho en muchas ocasiones desfigurado, con un consentimiento emitido en el plano internacional muy mediatizado por los estragos de la crisis. La interdependencia no siempre da lugar a más ni mejor Derecho internacional. El Derecho internacional es un instrumento farragoso para las urgencias, de ahí que prolifere el derecho blando, cuando no las mentiras piadosas o hipócritas en estos tiempos. Muchos compromisos jurídicos se han visto rebasados por los acontecimientos. La Unión Europea sería, si superara sus fracturas, sus complejos, su anemia, el único actor capaz de ayudar a recomponer el orden internacional liberal. La ciberdiplomacia actual no ayuda a concertar acuerdos, a generar confianza. Se requiere también un ciberespacio de Derecho. Esperemos no toparnos con una anomia internacional basada en datos falsos o manipulados, conducida por líderes de pacotilla carentes de raciocinio y de la altura internacional de miras que exigen las nuevas circunstancias. Así las cosas, cabe temer que menudeen más los aspavientos y desencuentros, hasta los encontronazos, que los encuentros fructíferos en el escenario internacional.

El panorama de la cooperación institucionalizada, de los organismos internacionales, ilustra algunas carencias y fisuras del tablero internacional. La propia OMS ha sido víctima de la manipulación, de la instrumentalización, tomada como rehén de las dos superpotencias, deseosas de deslocalizar las culpas, de obtener de esta organización, y de cualquier otra, un plus de poder. De todas formas, no hay que creer angelicalmente en las bondades de todo lo internacional: la OMS debe someterse a un escrutinio, y probablemente a una reforma, de sus actuaciones y de su más alto dirigente. Otros organismos, como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, han actuado demasiado poco y demasiado tarde ante la crisis. Aun en el plano regional, como el de la Alianza Atlántica, se padecen fricciones, como las planteadas por Turquía y aun por el mismo Estado hegemónico. Se ha argüido que esta terrible “guerra” generará nuevas, y no estrictamente militares, preocupaciones y gastos en seguridad, desde luego en el plano sanitario. Sin embargo, cómo no preocuparse de una nueva, y desbridada, carrera de armamento, asimismo en el campo nuclear, con efectos apocalípticos. No hay desescalada en este ámbito, y cabe temer que tanta pobreza, injusticia y desolación germinadas o agravadas durante la pandemia desemboquen en una mayor conflictividad social y hasta militar futuras.

La gobernanza económica internacional tendrá, claro está, un papel fundamental en el encauzamiento o desbordamiento de los problemas, con las dos instituciones de Breton Woods muy requeridas y con la Organización Mundial del Comercio más impelida que antes para su regeneración, extensiva a su sistema de solución de controversias, a fin de impulsar y reglamentar la necesaria revitalización del comercio internacional y ahuyentar tendencias proteccionistas perniciosas. Un organismo más informal y oligárquico como el G-20 se perfila de nuevo como el gestor de esta nueva crisis, de este “cisne negro”. En general, la economía internacional seguirá discurriendo en buena parte por cauces ilegales e injustos, como el atolladero de la fiscalidad internacional pone palmariamente de manifiesto para depauperización del Estado social.

Todos los bienes públicos globales se verán, por consiguiente, afectados en esta pandemia transversal, con flagelos humanitarios y ambientales. La Naturaleza está en el origen y en el fin de los tiempos; el cambio climático sobrevivirá a la covid-19. Sofocada la pandemia, quedará pendiente nuestra hostil relación con la Naturaleza. En el principio del confinamiento se pensó en efectos favorables del encierro sobre el medioambiente: aire más puro, menos emisiones de gases de efecto invernadero… Fue también un espejismo: el crecimiento económico que se persigue volverá a ser en buena parte insostenible, más desperdicio de plásticos con el material sanitario, más empleo del transporte privado en perjuicio del público, una deforestación galopante, la COP26 aplazada un año, el cumplimiento del Acuerdo de París seriamente comprometido, unos efectos climáticos estructurales y acaso irreversibles… La transición habrá de ser justa y basada en un New Green Deal, o sencillamente transitaremos hacia ninguna parte, hacia la nada. A brave new world!

Nota: Esta es la sexta y última entrega de una serie de “Reflexiones de un internacionalista en tiempos de pandemia” del profesor Javier Roldán Barbero, publicadas en seis entregas: (1) sobre la verdad y las mentiras en tiempos de coronavirus; (2) el tiempo y la Covid-19; (3) el espacio: sobre lo individual y lo colectivo en tiempo de coronavirus; (4) los derechos individuales y los derechos (y obligaciones) estatales; (5) ¡Europa, Europa!; y (6) la cacofonía del nuevo mundo.