Home

Las facultades de derecho españolas viven una situación complicada en la actualidad. Hay muchas facultades, tanto públicas como privadas, y en consecuencia hay que saber cómo definirse, competir y diferenciarse en unas condiciones de regulación que, a mi modo de ver, no son favorables para las instituciones públicas y, sobre todo, para sus profesores. Junto a esto, también existen problemas cualitativos importantes, porque las facultades necesitan una transformación en su formas de gobierno como consecuencia de la incorporación de una burocracia costosa derivada de la implantación de nuevos sistemas de docencia en los últimos años, acompañada de variados procedimientos administrativos de control de calidad y rendición de cuentas, que se unen a una multiplicación y diversificación de materias y temas abarcados por nuestros programas de docencia y nuestros proyectos de investigación.

En unos días comenzará la campaña electoral para las elecciones a decano de la Facultad de Derecho de la UAM, que tendrán lugar el próximo del 19 de abril de 2018. A continuación comparto unas ideas con el mejor ánimo de contribuir al debate sobre el futuro de la Facultad en un momento en el que podrían resultar útiles para los candidatos y los electores que participaremos en elección del decano o la decana de la UAM.

Quien asuma el decanato debe tener una visión para la Facultad de Derecho de la UAM y la capacidad de llevarla a cabo con un liderazgo flexible, eficaz y duradero. Es verdad que un decano en una universidad pública, altamente regulada y con poca autonomía, puede mejorar la Facultad con un margen limitado, pero también es cierto que, como demuestra la experiencia de nuestra institución, se pueden hacer cosas importantes: un liderazgo firme y convincente trasciende los cuatro años de mandato. Ese liderazgo implica, por supuesto, defender los valores de la profesión jurídica, en todas sus vertientes, en una sociedad donde dicha profesión, a pesar de su tradición conservadora, está cambiando de manera significativa.

Por eso mismo una pregunta clave para un proyecto de Facultad es saber cómo nuestros estudiantes de grado y postgrado pueden tener experiencias educativas que los conecten con la práctica profesional a la que se van a enfrentar, teniendo en mente en alguna medida la experiencia de los estudios de medicina. En nuestra facultad tenemos clubes de debate y hemos implantando la semilla de la enseñanza a través de juicios simulados (moot courts). El problema es que es una práctica excluyente, que deja fuera a la mayoría de los estudiantes. Hace algunos años, utilicé un seminario o materia optativa para expandir el efecto de estas experiencias, pero no es lo mismo que ser parte de un equipo y competir contra otros estudiantes bien preparados. Los moocs (massive open online courses) tienen la capacidad de ser más inclusivos, pero el problema de que no suelen dar créditos universitarios. Una medida que pondría sobre la mesa de deliberación con el fin de lograr una mayor participación en este tipo de enseñanzas es la creación de experiencias de laboratorio jurídico en la Facultad. Es casi imposible por falta de medios copiar el sistema de enseñanza clínica de las universidades más ricas, con unos presupuestos millonarios y una oferta interminable de posibilidades. Sin embargo, existen modelos que se podrían implantar en nuestra Facultad con un esfuerzo serio pero posible, que sería seguramente apoyado por despachos de abogados importantes. Estoy pensando en modelos como el que tiene funcionando con éxito en España desde hace unos años o, incluso, en modelos facultades de derecho relativamente pequeñas de EE.UU. como es el caso de la escuela de derecho de la Universidad de Hastings en San Francisco, que han ideado programas que están transformando la forma de enseñar el derecho, como es el caso del Instituto para el derecho de la innovación y su exitoso Startup Legal Garage. Este programa ofrece servicios jurídicos a proyectos de empresas nuevas en el campo de la tecnología mediante equipos de estudiantes supervisados por abogados. Este año los estudiantes están trabajando con más de 50 empresas.  El programa tiene solo seis años y se ha convertido en un ejemplo para las escuelas jurídicas en Estados Unidos de América. Lo mejor de estos programas es que podrían tener un impacto positivo en donde más lo necesitamos, es decir, en la enseñanza de postgrado, y permitirían, a la vez, dar la mejor educación por experiencia y conectar directamente a los estudiantes con la realidad social, cultural y económica de Madrid.

Es evidente que un buen programa de postgrado requiere una excelente coordinación de sus cursos generales y específicos. Eso solo puede ocurrir si hay liderazgo y visión de Facultad, y si el postgrado se integra con los proyectos y centros de investigación de sus profesores. Los centros, en mi opinión, son la clave. Se deberían crear una serie de centros a imagen y semejanza de algunos que ya han probado su valor desde hace años, como es el caso del Instituto de Derecho Local, ejemplo de  visión y liderazgo. Los centros no necesitan ser institutos universitarios, que implican numerosos requisitos para ser autorizados por la Comunidad de Madrid; sólo hace falta reunir a un grupo de gente que constituya una masa crítica en torno a un objetivo bien determinado. Esos cuatro, cinco o seis centros de la Facultad de Derecho de la UAM (seguro que, como a mí, se les ocurren varios nombres) generarían proyectos de investigación y docencia, que bien gestionados deberían revertir en el beneficio de los profesores y personal de administración de servicios involucrados. El Decanato y la Facultad deberían contar con una oficina de apoyo real y sustantivo a esos proyectos de investigación y docencia. El rectorado, con buen criterio, deberá apoyar estas iniciativas y a sus investigadores, porque revierte en el interés de la Universidad y porque la Facultad de Derecho de la UAM que yo conozco se identifica a sí misma como un centro de investigación competente y de calidad, y no sólo como una buena institución docente.

Una visión de Facultad que se precie debe incluir en su proyecto ambicioso de comunidad para la Facultad. La división en Áreas de conocimiento y Departamentos, con todo lo bueno que tienen, ha contribuido a crear compartimiento estancos en la Facultad. Habría que tratar de superar las incomunicaciones. El Anuario y la Revista de la Facultad de Derecho son ejemplos a seguir ya que constituyen centros de unión y experiencias entre toda la comunidad docente e investigadora de la Facultad. Ese proyecto de comunidad requiere la creación de una dirección de comunicaciones, que se ocupe de mostrar en las redes sociales lo mucho que hacemos en la Facultad y de establecer protocolos de comunicación para nuestra institución, es decir, que nos comunique mejor con el mundo exterior y también entre nosotros. Otra medida que resulta necesaria es la creación de incentivos internos, por ejemplo, premios a la docencia y a las publicaciones de los profesores, como tienen en muchas universidades del mundo. En tercer lugar, para que la comunidad sea verdaderamente inclusiva, se debería pensar en un sistema de comunicación y ayuda entre nuestros estudiantes, donde los estudiantes mayores pudieran dar consejos y ayudar a los más jóvenes a afrontar problemas con sus estudios. Es más, esa cadena de comunicación podría extenderse a los egresados de nuestra Facultad, que podrían participar en un sistema de apoyo a nuestros actuales estudiantes en su último año de carrera o maestría. Las redes sociales, generales o profesionales, quizá podrían utilizarse a esos efectos, aunque también se podría buscar ayuda en los programas que existen en la universidad, como el excelente y necesario programa AlumniUAM, que bien podría contar con una sección jurídica.


Imagen
Congratulations to Professor David Caron, the new Dean of The Dickson Poon School of Law, King’s College London. Professor Caron will take up his appointment in mid 2013. Exciting times at The Dickson Poon School of Law. As football fans would say in Spain, it’s a “galactic hire” (fichaje galáctico).

Cirujanos de sí mismos

enero 15, 2013

Imagen

Leo una cita imponente de Santiago Ramón y Cajal en un artículo muy sensato de María Amparo Camarero sobre la reforma universitaria: “El problema central de nuestra Universidad no es la independencia, sino la transformación radical …. de la comunidad docente. Y hay pocos hombres capaces de ser cirujanos de sí mismos. El bisturí salvador debe ser manejado por otros”. Es de 1898 y podría haber sido ayer. El artículo, sin embargo, esgrime un argumento a favor de un razonable consenso en la fijación de los incentivos universitarios.

Aquí pueden leer un buen artículo de opinión de César García, Profesor en la Universidad Pública del Estado de Washington, sobre ciertas deficiencias de la universidad española. La inexistencia de un mercado competitivo es bien conocida, pero lo es menos “el escaso interés que tiene como experiencia vital”.

Mientras, por ejemplo, en Estados Unidos, ir a la universidad supone un rito de paso, ya que suele implicar abandonar el hogar paterno y enfrentarse a los desafíos de la vida cotidiana (convivencia con otras personas, sexo, alcohol, trabajo, etcétera) en solitario, en España ir a la universidad apenas supone para una mayoría de estudiantes trasladarse a otro barrio y bajarse en otra parada de autobús o estación de Metro. El resto de las constantes vitales, como seguir viviendo en casa de los padres o salir con los mismos amigos, permanecen inalterables. El riesgo en términos monetarios o coste de oportunidad también es mínimo, ya que los alumnos españoles sólo vienen a pagar el 15% de la matrícula (desde ahora el 30%). Un hieratismo que se traslada a una enseñanza que empieza y termina en el aula y fundamentalmente basada en atender a las explicaciones del profesor, realizar exámenes y quizá escribir algún trabajo.

Esto no es nuevo para muchos de los que enseñamos en la universidad española. Algunos tratamos de crear espacios universitarios donde se produzca esa experiencia vital que haga que los estudiantes no pasen simplemente por la universidad sino que la universidad pase por ellos  -participar en una revista o en una competición nacional o internacional, asistir a un seminario voluntario sobre una materia o tema que les interese especialmente, etcétera. Pero estas experiencias, cuando triunfan, llegan a uno pocos y tienen un coste importante en tiempo y esfuerzo. Por eso entiendo bien cuando los jóvenes que terminan sus estudios de bachillerato, y tienen oportunidades de hacerlo, deciden irse a estudiar a otros países europeos. Incluso conozco a un estudiante que habiendo terminado el primer año de universidad en Madrid con éxito ha decidido empezar de nuevo en una universidad inglesa. Pregunté si fallaban sus profesores y la respuesta fue negativa: tenía buenos profesores en ciencias, pero no había una verdadera vida universitaria y él quería tener esa experiencia. Quizá ese tipo de experiencia vital solo pueda darse en la universidad española en el posgrado, pero tampoco en esta etapa hay una gran movilidad de estudiantes, salvo lógicamente para los alumnos que vienen del extranjero.

Se necesitan cambios profundos en el sistema universitario y por eso Pablo Salvador y Jordi Gracia están cargados de razón cuando critican la falta de imaginación que supone la subida de tasas  universitarias y proponen pensar en medidas más valientes.

Los países no investigan porque son ricos, son ricos porque investigan. Ideas claras e interesantes del químico Bernardo Herradón.

La tecnología todavía no ha significado la introducción de un verdadero caos creativo en los estudios universitarios, como ha ocurrido con el periodismo o la música. Pero ya hay buenos ejemplos de cómo se prodrían producir grandes progresos para llegar a más gente, más lejos, en cualquier lugar. El gran MIT tiene sus cursos online. El curso del profesor Sebastian Thrun sobre inteligencia artificial en la universidad de Stanford se puede seguir gratuitamente en cualquier parte del mundo (quizá podríamos sugerirle a Sebastian Thrun que permita traducirlo a varios idiomas). De todo esto se habla en este interesante artículo de Bill Keller en el NYT.

El el blog de economía ‘nada es gratis’ hay un post muy recomendable de Manuel Bentolila que se llama ‘cómo no seleccionar a la los profesores en la universidad‘. Cuenta un caso reciente en la Facultad de Ciencias Económicas de la UAM y da unos datos muy interesantes no solo sobre la situación en Españan, sino también en Francia e Italia. En cuanto a soluciones, copio dos párrafos del post:

El problema de fondo es que los departamentos universitarios no tienen suficientes incentivos para seleccionar a los mejores investigadores. Como ya señalamos en una entrada de este blog, la evidencia internacional muestra de manera clara que la mejor receta para la excelencia universitaria se resume en dos palabras: competencia y libertad. Es decir, que los recursos que reciben los departamentos dependan de una forma importante de la producción científica de su profesorado, como se hace en el Research Assessment Exercise del Reino Unido (ver aquí), y que luego se les deje elegir a los profesores como quieran. Ésta es la fórmula que funciona en las mejores universidades del mundo.

Un paso en la dirección adecuada es algo que ya hacen los mejores departamentos de economía de España. Envían las publicaciones de cada candidato a cinco académicos de gran prestigio, a menudo de universidades extranjeras, y les piden que evalúen los méritos de investigación del candidato, indicando expresamente si en su opinión esos méritos son suficientes para obtener la plaza en el departamento convocante de la plaza así como en su propio departamento. La convocatoria de la plaza se condiciona a la respuesta afirmativa de los evaluadores (y luego se sigue el proceso habitual). En vez de prodigarnos en elogios de la excelencia, que luego no se materializan en casi nada, sería mejor poner en marcha medidas como esta, que responden a las mejores prácticas internacionales.

Ya saben que me preocupa la universidad. Pues Pablo Artal, catedrático de óptica de la Universidad de Murcia, publica un artículo interesante sobre las razones por las cuáles las universidades españolas (aunque creo que también se puede aplicar a las latinoamericanas) no aparecen en los rankings. Para Artal el problema central está en la productividad:

Si nuestros campus y nuestros estudiantes graduados no son tan malos… ¿Dónde radica entonces la enorme diferencia? Me temo que nuestro talón de Aquiles es la escasa cantidad y calidad de la ciencia realizada en las universidades. Pero, ¿cómo se encaja esto con algunos datos oficiales? Por ejemplo, se dice que somos la novena potencia científica mundial y las universidades realizan un alto porcentaje de la investigación en España. Para ser sincero, a mí también me ha sorprendido que fuéramos peores que algunas universidades de las que nunca había tenido la menor noticia. Así que realicé una pequeña exploración, completamente acientífica, sobre este asunto. Elegí dos simples parámetros para cuantificar la producción científica de una universidad. El número de publicaciones de los últimos 10 años y su impacto, mediante el índice h. Este es un conocido parámetro que cuantifica el número de citas que reciben los artículos. Es un indicador del impacto y la calidad de un científico individual, pero también se puede aplicar a una institución completa. A mí personalmente me gusta y lo uso a menudo, pero cuenta con limitaciones y numerosos detractores. En cualquier caso, en este contexto sirve adecuadamente para una cierta comparación. He elegido tres universidades que conozco directamente. Como representante bastante adecuado de las universidades españolas en los niveles medios-altos, he elegido la mía, la Universidad de Murcia. Cuenta con unos 35000 estudiantes y hemos publicado 7800 artículos con un índice h de 73 y en el ranking QS estamos en el grupo +600. Me sorprendió encontrar a la Universidad de Creta en Grecia en los puestos 400-450, 200 por delante de nosotros. Con unos 12000 estudiantes publicó 9700 artículos con un índice h de 90. Es decir, está por delante porque ha producido más y con más impacto que nosotros. Finalmente me fijé en la universidad de Nueva Gales del Sur en Sídney en el puesto 47 del ranking mundial. Tiene unos 14000 estudiantes, publicó 34600 artículos con un índice h de 153. Para no aburrir, no incluyo aquí una normalización por el número de profesores de cada institución. Pero pueden imaginar que estas normalizaciones se aplican en la determinación de los ranking, lo que puede explicar en parte nuestro hundimiento.

Pero lo importante de estos datos es simplemente constatar que si estamos tan mal colocados en los ranking es por que producimos una densidad de ciencia muy baja y con un impacto pequeño. Mi impresión personal es que una parte de las plantillas universitarias en España son productivas, y de hecho una pequeña parte incluso muy productiva, de manera comparable a colegas en universidades de primera, pero desgraciadamente una mayoría de personal improductivo hunde a nuestras universidades inexorablemente en los ranking.

Su propuesta para mejorar y salir en los rankings es tan sensata como improbable:

Segregaría las secciones y facultades más productivas, que son fácilmente identificables creando universidades más pequeñas, que empezarían a escalar puestos en los ranking, primero automáticamente por los factores de normalización y después por meros procesos evolutivos. Claro, no sólo bastará el troceado, deberían también dotarse de una gestión profesional, contar con escalas retributivas del personal abiertas y competitivas que premiasen el trabajo hecho y que se revisasen periódicamente al alza o la baja, con contrataciones libres de quien pueda empujar hacia arriba la universidad, etc. En definitiva, deberían constituir un ecosistema académico en el que a cada miembro de la universidad le resulte muy importante que su institución sea lo mejor posible. Es decir, un sistema en las antípodas del que ahora tenemos, donde si aparecemos en los ranking (alguien me dijo que eso ya era un cierto logro teniendo en cuenta que puede haber miles de centros que se llaman universidades en todo el mundo) es por la dedicación de una minoría de profesores universitarios que no podrán, ni querrán, mantener el sistema solos indefinidamente por nada a cambio.

Se han publicado los rankings mundiales de universidades de The Times Higher Education World University Rankings, que se basa en criterios de ensañanza e investigación. Ninguna universidad que tenga la lengua castellana como vía de comunicación entre las primeras 100 universidades del ranking mundial. Entre las primeras 200 universidades hay dos de España, las dos de Barcelona, donde también se enseña en catalán: la Universidad de Barcelona (142) y la Universidad Pompeu Fabra (155). Felicidades a estas dos universidades.

Por lo demás, el panorama es pobre. El informe dice que en Latino América pronto habrá universidades de Brasil que aparezcan en los rankings, pero por ahora no hay ninguna universidad latinoamericana entre las primeras 200 del mundo. En españa se discute más y más sobre los rankings, pero me pregunto: ¿todos están tan equivocados? Yo creo que no, que una universidad como la española, donde  los incentivos no están claros y no hay autonomía para la competencia, por ejemplo, para conseguir los mejores profesores, es difícil que aparezca en estos rankings. Estos incentivos sí existen en otros sistemas universitarios públicos (la universidad privada en España tampoco compite, y no me explico las razones), como el aléman, con muchas universidades en los rankings y con regulaciones que permiten incentivos para competir entre ellas, que tiene reglas simples pero efectivas, como la prohibición de contratar a los que hayan obtenido la habilitación en la misma  universidad, evitando la endogamia, y otras tantas reglas que se podrían copiar.

Y aquí va una encuesta, que es para España, pero se podría extender a cada uno de los países latinoamericanos en este y otros blogs: