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Por Javier Roldán Barbero
Catedrático de Derecho internacional público y Relaciones internacionales, Universidad de Granada (jroldanb@ugr.es).

Huelga decir que antes de la aparición de la covid-19, el panorama internacional (y también el casero, con tantos malos tratos familiares) ofrecía  ya sufrimientos indecibles, tan dolorosos como se quisiera profundizar en ellos. El mundo ya estaba mal hecho, mal gobernado, en buena parte como trasunto de los desarreglos y desafueros ocurridos en la esfera nacional, enrarecidos por intervenciones e intereses, a menudo espurios, de terceras potencias. Pongamos que hablo de Siria, Libia, Yemen, Venezuela, Afganistán… Si pensamos únicamente en el mundo musulmán, nos encontramos, por un lado, con la peste del yihadismo; por otro lado, con las penalidades de numerosas poblaciones islámicas: rohinyás, uigures, indios, palestinos, o simplemente a merced de la incompetencia y sevicias del Gobierno de turno.

Esta crisis pandémica no ha sido, como lo fue la Gran Recesión, el resultado de una mala gestión política y económica: ¿o sí lo ha sido también parcialmente? En todo caso, este coronavirus nos ha deparado una nueva cosmovisión, nuevas urgencias y prioridades. Se trata de un seísmo geoestratégico en toda regla, comenzando por el enconamiento de las relaciones sino-estadounidenses, en razón o al tiempo (¡Hong-Kong!) de la pandemia, una vez aplazado el enfrentamiento blando de los Juegos Olímpicos. Una nueva guerra fría, una nueva bipolaridad en alguna medida, pero con otros actores principales o secundarios (y hasta cameos). Ninguno de los dos protagonistas merece salir indemne, y menos revalorizado, de estos tiempos en su marca país. El ascenso pacífico de China parece cada vez más turbio. En cuanto a los Estados Unidos, su gestión interna de la pandemia está en correspondencia con una política exterior caótica y calamitosa, que inflige innumerables daños al Derecho internacional, esto es, a la convivencia y la cooperación internacionales: podríamos hablar, últimamente, de las amenazas a la Corte Penal Internacional, los nuevos embates a la política de desarme, la retirada de la OMS, el aliento a la anexión israelí de Cisjordania, la aplicación de medidas extraterritoriales ilegales, la renuncia a abordar la fiscalidad internacional sobre bases razonables… Estados Unidos se ha convertido en un problema para el mundo, también para Europa, más que en un libertador.

Están por ver otras consecuencias geoestratégicas de una pandemia que ha desarbolado más a la clase media y rica del mundo, pero que hará profunda mella en los países pobres, ahondando en las desigualdades en y entre las naciones, con una cooperación internacional para el desarrollo en declive. Con razón, los países subdesarrollados han invocado, desde hace tiempo, la creación en el seno de la ONU de un Consejo de Seguridad Económica, idea que cobra más fundamento ahora.

El Derecho internacional es un instrumento farragoso para las urgencias.

Los Estados adquieren un protagonismo acrecentado en la sociedad interna y en la internacional: muchos Estados fallidos de nueva planta, quizá partidos (como Libia), o reunificados impositivamente (el adiós, más cercano, al estatuto autónomo de Hong-Kong), más intervencionistas en la economía y muchos intervenidos, insolventes, con sus cloacas, con un imperio del Derecho en muchas ocasiones desfigurado, con un consentimiento emitido en el plano internacional muy mediatizado por los estragos de la crisis. La interdependencia no siempre da lugar a más ni mejor Derecho internacional. El Derecho internacional es un instrumento farragoso para las urgencias, de ahí que prolifere el derecho blando, cuando no las mentiras piadosas o hipócritas en estos tiempos. Muchos compromisos jurídicos se han visto rebasados por los acontecimientos. La Unión Europea sería, si superara sus fracturas, sus complejos, su anemia, el único actor capaz de ayudar a recomponer el orden internacional liberal. La ciberdiplomacia actual no ayuda a concertar acuerdos, a generar confianza. Se requiere también un ciberespacio de Derecho. Esperemos no toparnos con una anomia internacional basada en datos falsos o manipulados, conducida por líderes de pacotilla carentes de raciocinio y de la altura internacional de miras que exigen las nuevas circunstancias. Así las cosas, cabe temer que menudeen más los aspavientos y desencuentros, hasta los encontronazos, que los encuentros fructíferos en el escenario internacional.

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Por Ignacio Álvarez Arcá, Universidad de Málaga (nalvarez@uma.es)

El orden internacional instituido tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética muestra signos de fatiga. Quizás, un exceso de optimismo, por parte de las democracias liberales y de las élites intelectuales que confiaron en que el proceso globalizador exportaría también la democracia y los valores propios del Estado de derecho, sea origen y causa del desafío actual (“La Trampa del Optimismo” – Ramón González Férriz). Las instituciones que vertebran el sistema internacional están demostrando ser ineficientes e ineficaces para lograr los objetivos perseguidos con su creación, provocando con ello una nueva crisis del multilateralismo, o más bien la profundización en la crisis ya existente desde hace ya tiempo. Lo que resulta innegable es que la pandemia provocada por la Covid-19 no ha hecho sino contribuir a la profundización de las diferencias entre los Estados y al aumento de la incertidumbre que se cierne sobre las relaciones internacionales y, por ende, sobre el Derecho internacional.

A este respecto, la hipótesis que aquí desarrollamos toma como base la irrupción de la Covid-19 para sustentar que el orden internacional se enfrenta a una crisis –la consabida crisis del multilateralismo– cuyas consecuencias y efectos más inmediatos son imprevisibles, pero que ya permite anticipar una transformación en el modo en el que éste se configura.

Desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial y el establecimiento del sistema internacional basado en la cooperación institucionalizada, las principales amenazas a las que éste hubo de hacer frente eran exógenas. Es decir, la Unión Soviética y sus aliados rechazaban participar de manera activa en las instituciones que componían el sistema internacional y su oposición al régimen internacional liderado por Estados Unidos generaba aun más unidad que fragmentación entre aquellos Estados que formaban parte del bloque capitalista. Sin embargo, la desintegración de la Unión Soviética y el camino hacia la democracia liberal que adoptaron gran parte de los Estados de Europa del Este auguraba un periodo de distensión en la esfera internacional que, al no alcanzarse, al menos no de manera estable, ha provocado que las altas expectativas puestas en el sistema democrático liberal y en el sistema internacional de los derechos humanos se vean truncadas. Ahora, la narrativa del proceso de globalización se ha vuelto contra Occidente, debido a que las ventajas asociadas a dicho proceso han sido puestas en cuestión en el ámbito nacional e internacional y con ello, el mismo futuro del sistema de instituciones internacionales que ha sustentado el orden internacional.

Las democracias liberales llevan años enfrentándose a una crisis existencial debido, así lo entendemos, a dos fenómenos: (1) la constatación a través del ejemplo chino de que el sistema político de las democracias liberales no es el único que posibilita el desarrollo y la prosperidad y (2) el retorno de las consecuencias negativas de la globalización o, al menos de sus expresiones más negativas, que ahora afectan a estos Estados a través de expresiones de diversa índole. La principal es la ola de nacionalismo y populismo que ha transformado el panorama político interno y que se nutre del desencanto con los efectos de la globalización, esencialmente la pérdida de empleos no cualificados derivada de la deslocalización de la producción y los efectos de la crisis económica. Pero también de las consecuencias de la inestabilidad internacional y que traen causa en las intervenciones armadas bajo la premisa de la defensa de los derechos humanos y la voluntad de exportar el modelo político de la democracia liberal. Éstas están en el origen de los dos fenómenos que, hasta ahora, por el modo en el que se ha afrontado su respuesta, han puesto contra las cuerdas el modelo y relato liberal: el terrorismo internacional y la migración forzosa.

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